Putos bolardos

putos-bolardos-putosbolardos-blog-blogliterario-        “Tú tendrías que escribir un blog” es un consejo que oigo últimamente con demasiada frecuencia. Proviene la cantinela de buenos amigos, de esos que saben bien lo que te conviene, y como soy una persona totalmente desprovista de carácter pues aquí estoy, escribiendo un blog. No sé bien de qué pudiera tratar ni si pueden existir personas tan desocupadas y  extravagantes que tengan a bien leerlo. Ni siquiera se me ocurría un título mínimamente inspirado, pero la providencia laborando de común acuerdo con nuestros munícipes ha resuelto venir en mi auxilio.

El caso es que tengo yo un utilitario, no más grande que un módulo lunar, pero atopadizo y práctico; Le quiero, pero sin drama. La nuestra es una relación desapasionada. No le profeso los cuidados de los locos del volante, pero ¡qué caray! Tampoco me gustaría que lo confundiesen con una obra de arte moderna.

Hoy mi pequeño modulo lunar y yo hemos sido atacados por bolardos.

No es que se moviesen ni que fuese imposible verlos para un observador omnisciente, como los narradores de ciertas novelas, no, eso no. Ellos simplemente estaban allí donde fueron plantados, impertérritos e impasibles al lastimoso quejido de mi carrocería herida.

Sucedía que  en el trance de desaparcar nos hallábamos, mi semoviente de neumáticas pezuñas y yo, en ese punto imposible en que ni marcha adelante ni marcha atrás dejas de oír el solo de violín que provoca al arco del bolardo  extrayendo notas contra el chasis del utilitario.

Como soy de natural sosegado no  proferí maldición alguna ni me  acordé del señor padre del concejal de distrito, aunque eso sí, según la metálica concertina proseguía su aguda sinfonía, amenizada ahora por un estruendo de bocinas que se unían improvisadamente en alegre coro, mi natural recato ibase tornando encabronamiento. Agudo también, como un triangulo acutángulo.

Y es que había quedado mi turismo en tal posición en su contencioso con el bolardo que impedía tanto su movimiento como el de los otros vehículos que compartían conmigo la ilusión del tráfico rodado por las calles de Madrid. El lógico deseo de continuar desplazándose hacía  que sus conductores bramasen soeces epítetos contra este bloguero en ciernes que les escribe.

Llegados a este punto consideré conveniente salir del vehículo; como el general que busca un otero desde el que tener una mejor visión de conjunto para organizar una huida que salve, si no la honra, sí lo que queda de su ejercito, que en este caso no  eramos sino  yo y mi cabalgadura.

Las trompas de los vehículos arreciaban con su mugido eléctrico cuando abrí la puerta. Con la premura olvidé que los bolardos nunca actúan solos. Un hermano del que ahí nos tenía retenidos esperaba emboscado a que abriese la puerta, procurándole el golpe contra ella y el consecuente bollo, estoy seguro, una íntima satisfacción en su alma de acero fundido.

Pero no era tal el sitio al que nos tenía sometidos la metálica compaña que me impidiese salir del coche y eso hice aunque  de ser menos apolínea mi figura me las hubiera visto y deseado. Uno de los conductores atascados, que también había puesto pie en tierra, era como mis amigos, una de esas personas que sabe lo que ha de  hacerse en todo momento y me daba instrucciones como un brigadier en  trance de zafarrancho.

Lamentablemente en mi atolondramiento solo alcanzaba a distinguir de su discurso una repetición de ciertas palabras que profería enfebrecido:“- GIRAS, GIRAS, ENDEREZAS TODO, VUELVES A GIRAR”.

El caso es que giré, pero sobre mí mismo para ir a ocupar mi posición al volante… pero ya no pude enderezar nada, ni siquiera mi esqueleto, pues sentí en ese instante la sensual caricia de un tercer bolardo contra mi tibia.

Desenderezado, dolorido, rodilla en tierra, de hinojos ante el tótem que exigía mi postración y en  un tris de perder si no la conciencia, sí la sindéresis, blasfemé contra la vertical arrogancia de estos Moáis matritenses : – ¡Cabrones!…¡ Putos bolardos! y…

¡Eureka! de pronto ya no sentía el dolor. La epifanía de los cláxones al unísono se me antojaron el Ave Maria de Haendel y la malograda carrocería se tornó un  contratiempo sin importancia. Exultante, abracé al brigadier: ¡ Ya tengo un título! le dije y me alejé silbando alegremente por la acera mientras continuaba la lluvia de desconsiderados adjetivos.

 Por la tarde me acerqué al depósito municipal a reencontrarme con mi abollada chatarra. Pagué por una vez con gusto las tasas, gabelas y multas con las que se instalarían más bolardos. De vuelta conversando con mi cabalgadura le dije: “¿Sabes, pedazo de hojalata, que hemos encontrado un título para nuestro blog? Es un poco soez, cierto, pero nada comparado con las vesanias que sufrimos a diario… por nuestro bien, claro. Los bolardos simbolizan eso, algo que sería fácil hacer de otra manera, pero que a nadie le da la gana de hacerlo, podrían recubrirlos de algún material que no dañase ni a las propiedades ni a las personas, quizás  con un poco de educación cívica incluso podrían fundirse todos. Son como los impuestos excesivos con los que se pagan dispendios, algo que imponen por el bien común y que por tanto no pude objetarse. Quizás hablemos de eso en nuestro blog, de ese bolardismo de la vida, de las trampas  invisibles con las que tropezamos, de las personas con alma de bolardo que nos gobiernan,  no sé, quizás hablemos de viajes, de lugares donde un bolardo sería tan inconcebible como un esquimal bailando flamenco. No sé, ya veremos, por lo pronto tenemos un nombre”

Sentí como el motor rugía bajo el desbaratado armazón con un ronroneo de aprobación.

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9 comentarios en “Putos bolardos

  1. Muy ameno y bolardiano, querido primo. Falta la foto /icono del susodicho elemento urbanístico y distorsionador, presidiendo junto al título, este recién nacido blog! Hagamos del bolardo un símbolo…de algo.

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