Bolardos bípedos

Repuesto ya del episodio que os narraba en la entrada anterior y con la vista puesta en una próxima huida hacia territorios desbolardizados, algunos recientes encontronazos me han hecho pensar en las otras fisonomías y metamorfosis del bolardismo ibérico. Si odiosa es su forma inerte y municipal, no menos dañino es su trasunto orgánico.

Hablo, sí, de esos bolardos hechos de nuestro barro, de aquellos que como tú y yo debieron recibir en algún momento el soplo que dotase de humanidad la tosca arcilla. Algo falló y el proceso no se completó, dando lugar al bolardo humano.

¿Quién no los ha padecido?

Se los suele encontrar uno agazapados donde menos se lo espera. Son espíritus machadianamente burlones y de alma quieta. Son los de yo en mis trece; los erre que erre; los aquí estoy yo; los chufla, chufla, que como no te apartes tú…¡Ah el variopinto catálogo del bolardismo bípedo que arrecia y nunca descansa!

Digo que nunca descansa porque esta es la cualidad esencial de nuestro protagonista, su quietismo, esa actitud molinosa de renuncia al ejercicio de la razón o de cualquier otra facultad humana. Topar con ellos y astillarse la osamenta es todo uno. La escasa talla, como en su versión peatonal, hace que a veces nos pasen desapercibidos  hasta el topetazo, pero entonces… amigo, ya no hay remedio ni consuelo.

Quietos como un daruma, asidos a la solidez ferruginosa de leyes y reglamentos que son su envoltorio y su entraña, constituyen el perfecto recordatorio de que estamos hechos de materia blanda y aun lejos de pertenecer al benemérito censo de los cuerpos gloriosos.

Hay bolardos ilustres y públicos y bolardos anónimos, consuetudinarios, de andar por casa o por la calle. El bolardismo ilustre merece una entrada y contamos con un inventario memorable de bolardazos impares que han jalonado el acontecer y marcado con su indolencia y estulticia nuestra historia, pero  es el bolardo mínimo y cotidiano el que ahora nos ocupa.

Particularmente dañino es el homo bolardiense funcionarial. Esta subespecie se halla diseminada por todo tipo de oficinas, consultorios y centros de atención al ciudadano y es absurdo explicarle las dificultades que su bolardismo nos causa. Le son completamente ajenas. No es que no quiera entenderlo, es que no le es posible. El reglamento fosilizó su espíritu, trocàndolo acero fundido. La única posibilidad es tratar de esquivarlo.

En la empresa privada también asoman, singularmente en esos sectores  que, ayunos de competencia, mantienen un público cautivo, pues es en ese ambiente donde la flor de bolardo halla su caldo más propicio, como el micelio de algunos hongos, florece en la oscura y húmeda promiscuidad de los ambientes cerrados.

Memorables son esas conversaciones con los llamados call center, que ya han dado origen a todo un genero plasmado en cortos y vídeos de Youtube. Allí el bolardo es amo y señor y son tantos como las amapolas en los campos. Como el balón de un futbolín, puede uno rodar golpeándose contra todos los bolardos, que como los muñecos de este juego se mantienen siempre quietos e inexpresivos ejecutando solo ese mínimo movimiento con el que le pasan la bola a otro muñeco.

¿ Y quién no se ha estrellado contra uno de estos estafermos  en su comunidad de vecinos?  Un día vas a una junta y allí está el bolardo, con su altivez quitinosa, oponiéndose a todo aquello que es razonable. Al día siguiente ha extendido su chapapote y ya no hay más convecinos sino un  mar de bolardos, tiesos, plantados, metálicamente acorazados contra toda discusión razonada…y comprendes que toda persuasión es inútil.

¡Ah los bolardos de hospital!  las batas como corazas… Inmunes al dolor que les rodea. Con alguno  de estos me he topado que al osar importunarle con la queja del enfermo, no he obtenido de él otra cosa que su bolardisima respuesta: “Mire, con lo que le he dado es imposible que sienta dolor”, ciego ante la evidencia de alguien que sufre, con su alma de vademécum.

Como en “La invasión de los ultracuerpos”  a veces se hace difícil distinguir al bolardo, pues conserva la apariencia humana y como un tentetieso parece a veces que pivota y se mueve pero es siempre para volver a su posición inicial. El caso es que cierta pericia en su detección se  hace imprescindible para transitar  las aceras de la vida conservando meniscos y rotulas.

Lejos de mi cualquier pretensión de exhaustividad taxonómica  pues un catalogo completo se antoja imposible (y en cualquier caso requeriría de vuestra ayuda, que desde aquí imploro), y es que como en la película mencionada su proliferación geométrica hace que los hallemos por doquier y que  parodiando  el título de Eisenstein  pudiera haber titulado esta entrada  “La conjura de los bolardos”

Pero de todos los bolardos el mas odioso  y el mas terrible es ese cuya savia bituminosa siento ahora en mi interior irrigando vasos y capilares y a cuya  viscosa presencia solo puedo oponer ese ultimo resorte humano; la voluntad.

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