Achique de espacios

El achique progresivo de nuestro campo léxico es un hecho. Palabras que eran de uso común hasta hace poco o no tan comunes, pero ampliamente conocidas por un público mínimamente  instruido y de capacidad lectora media tendrán que ser registradas por el DRAE como arcaísmos a tenor de los comentarios que estoy recibiendo a las últimas entradas de este blog.

– ¡Qué “palabros” usas! -Me protesta un conocido-. Esas palabras no las conoce nadie-

Me recuerda al viejo chiste de aquel tipo que en visita turística  al castillo de Avigñon desengañaba  a su cicerone: -Oiga, amigo, ¡si hubiera habido papas en Avigñon se sabría!

Le ocurre a algunas palabras, como a los papas aviñonenses, que de existir, haber existido o tener utilidad alguna, se sabría. Una parte importante del caudal léxico ha pasado a la clandestinidad y su uso se reputa como pedante e improcedente cuando no barroco o poco llano.

La llaneza en el lenguaje me parece esencial y un deber de cortesía para con los lectores. No pertenezco a la escuela D’orsiana. El bueno de Eugeni solía preguntar a su secretaria si sus textos era comprensible y al recibir su respuesta afirmativa exclamaba:”Pues oscurezcámoslo un poco más”. Yo carezco de pretensiones criptográficas o mistéricas y preferiría ser comprendido cabalmente.

Ocurre, sin embargo, que suele confundirse la llaneza con la imprecisión, la pobreza léxica y un nivel de indigencia verbal que los expertos en SEO llaman accesibilidad, un atributo imprescindible, al parecer, para lograr cierta visibilidad digital.

Protestaba, hace algún tiempo, un jefe mío, porque en un artículo sobre el gintonic a las gálbulas de enebro las llamase gálbulas. -¿No podrías ser más llano y llamarlas bayas como todo el mundo?

-Mira, Fernando, ni yo mismo sabía, hasta que me encargaste este artículo y comencé a documentarme, que eran gálbulas y no bayas. A decir verdad ni siquiera sabía lo que era una gálbula pero si ahora que lo sé las llamase bayas no sería en absoluto más llano, sólo más inexacto. Pecado venial en un artículo no científico pero ¿por causa de la accesibilidad habremos de optar siempre por achatar la expresión?

– Pon bayas y punto.

La obsesión por atraer lectores, de la calidad que sea a los textos, provoca que esa espiral de empobrecimiento verbal, sea impuesta o autoimpuesta, vaya adquiriendo la fuerza gravitacional de un agujero negro.

Y hablo del personal que lee e incluso del que escribe habitualmente, no ya del hablante medio, cuyo ignorancia de palabras y expresiones que antaño eran de uso común me ha brindado momentos de solaz que nunca sabré agradecer suficientemente. No puedo resistirme a compartir con vosotros algunas de estas perlas, cuyo recuerdo guardo como un tesoro:

– Una compañera mía, de apariencia en absoluto beligerante, me decía hace poco que ella “se apuntaba a un bombardero”.

– Otro compañero encarecía mi linaje diciéndome que él sabía que mi familia era de “rango abolengo”. Sin duda me siento orgulloso de pertenecer a una estirpe de, a su parecer, tan elevado rango, aunque ignoro que  otros rangos  inferiores y superiores  al que asignaba a los de mi tribu existen.

– En visperás de la pasada Nochebuena buscaba yo un menú con el que regalar a mis invitados y se me ocurrió que la pularda podía ser una buena opción. Al dirigirme al dependiente del supermercado, preguntándole dónde podía encontrar a esta reina de las mesas pascuales, obtuve de él la siguiente respuesta -¿Qué es eso por lo que usted me pregunta?, ¿almendras garrapiñadas? -Consideré inútil una explicación detallada y busqué otro dependiente por ver si mi suerte mejoraba  -Umm…ehhh…¿ pulardas?, ¿es una fruta exótica? -no se preocupe usted -desesperé-  ya encargo unas pizzas…

Pizza para todos, fast food lingüístico, este es el menú que nos espera y si osas objetarlo es porque eres un pedante y un alambicado.

Resulta más bien curioso que este empobrecimiento verbal se produzca ahora que ya no hay que levantarse a buscar el diccionario si algún término nos es desconocido sino que todos llevamos uno en la palma de la mano o en nuestro bolsillo.

Pues en estos venturosos días, precisamente, no solo se ha perdido el pudor de la propia ignorancia sino que la ignara grey contraataca y vitupera al que se atreve a usar un vocabulario que antes se aprendía con las cuatro reglas.

Comentaba hace algún tiempo con unos amigos el  terrible asesinato de Miguel Ángel Blanco. Rememoré que en el escalofriante momento de conocerse su muerte tañeron en señal de duelo las campanas de las iglesias cercanas. El uso de este verbo, tan natural, me fue inmediatamente afeado para mi sorpresa -¿Tañer? no lo he oído en mi vida. -¿Por qué tienes que ser tan pedante?, ¿no puedes decir que sonaron las campanas? -Ante tamaño argumento renuncié a toda defensa.

Avanzamos a velocidad de crucero a un mundo donde no tañerán ni doblarán ya las campañas, ni siquiera repicarán de gozo, sólo sonarán. Igualmente sonarán las ovejas en lugar de balar y se reprochará al vecino que no se ha podido conciliar el sueño porque su perro sonaba mucho. ¡Qué duda cabe que será un mundo mucho más simple y llano que aquel en que zumbaban las abejas y cacareaba el gallo!

El problema, claro, es que será un mundo ausente de matices y connotaciones. Cada palabra es depositaría de una historia propia y adquirió su lugar en nuestro idioma porque era necesaria para designar algo con mayor especificidad de lo que lo hacía algún vocablo anterior o con una connotación diferente. Al ensanchar nuestro vocabulario tomamos posesión del mundo. Nombrar las cosas nos habilita para realizar operaciones mentales con ellas ya sean términos concretos o abstractos. “En el principio era el verbo” (logos) dicen los libros fundacionales y más allá de las interpretaciones teológicas, la frase denota el poder genesíaco del lenguaje para crear mundos nuevos.

Como diría el replicante de Blade Runner, muchos de esos matices se perderán como lágrimas en la lluvia. Bastantes ya lo han hecho. Doy por pérdida la batalla para diferenciar el verbo “oír”del verbo “escuchar”. Ante mi pasmo, casi nadie los distingue ya y se usan indiferentemente. -Perdona, es que no se escucha -oigo a diario y tengo que refrenar la respuesta natural: ¡Pues ponga usted atención, membrillo!

Pienso que el DRAE obra con lamentable tardanza en equipararlo al verbo “oír” y avisar a sus lectores que cualquier otro uso se considera arcaico. Podría traer causa la tardanza en el viejo resabio normativo de la Española, pero la misión del lexicógrafo no es normativa. Debe limitarse a constatar el uso que los hablantes hacen de un término del mismo modo que el demógrafo al elaborar un censo no  realiza valoraciones. Constata quién vive y dónde lo hace, tanto si le parece bien o mal que, por ejemplo, cuarenta nigerianos vivan en diez metros cuadrados.

A mi me parece muy mal que la gente viva hacinada en lugares lúgubres e indignos y me solivianta esa reclusión forzada de personas en espacios irrespirables. Igualmente me gustaría que en el terreno del lenguaje nos dejasen jugar en toda la cancha, que no nos confinasen a vivir en una habitación mal ventilada;  que no tengamos que sufrir este menottiano achique del campo de juego.

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2 comentarios en “Achique de espacios

  1. Estoy más de acuerdo contigo, que con el “flaco” Menotti, en tanto que el lenguaje es un instrumento a nuestro servicio y no tiene que adaptarse necesariamente a la formación, por otro lado desconocida, del supuesto lector. Adelante con ello pues, abre las bandas, pon extremos, utiliza un sistema de juego amplio y navega por nuestro rico y vasto acervo léxico, pues ése es tu sello, tu “trademark”. El SEO que SEA para otros…

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    1. No sé de que sé menos, Alberto, si de SEO o de fútbol. Parece que el debate está entre uno que no quería dejar sitio para que el contrario jugase y otro partidario de no dejarle jugar a base de romperles las tibias ¡ y ambos, por lo que he podido leer, tienen detractores y seguidores acérrimos! muy bolardiano todo.En cuanto a SEOS me parecen tan perjudiciales como aquellas en las que los obispos escribian sus pastorales. Sea.

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