La ceremonia de la confusión

Frustrada mi escapada hacia territorios desbolardizados por mor de de este herpes que me atosiga, he entretenido la convalecencia leyendo y siguiendo con atención  la trepidante actualidad. Dos son los asuntos que han ocupado a opinadores  e informadores este fin de semana: uno, el culebrón griego y el otro la decisión de la Corte Suprema de EEUU de declarar legal el matrimonio gay en todo Estados Unidos, decisión que ha teñido de arcoiris edificios y avatares

Cuando fue aprobado en España, asistimos a un absurdo debate acerca del nombre. Este debate  fue la penúltima reacción de una derecha de sacristía que perdió su momento de ser moderna y liberal. -“Estamos a favor de todo, menos de que se  llame matrimonio”- Ese era el inicuo burladero en el que se refugiaban. Pues muy bien. A mí tanto me hubiera dado que lo llamasen connubio o cualquier otro término que hubieran querido sacarse del capazo, sin embargo, parece razonable que dado que la nueva redacción de la ley otorga idénticos efectos para los nuevos contrayentes que para los anteriormente previstos, usemos el mismo nombre, a despecho de que  constituya una aberración etimológica, del mismo modo que la palabra patrimonio designaba en su origen las posesiones del pater familias y hoy día designa el conjunto de bienes de una persona con independencia de su sexo o estado civil.

Son debates que a mí me parecen de tontos, como cuando todo el mundo se puso a discutir si en las señales de tráfico de nuestras carreteras debía poner “La Coruña” o “A Coruña” o las dos cosas. Para mí lo lógico es que se utilice el topónimo de la lengua común, pero puestos a debatir tonterías abogo porque se use la melódica versión gallega, que posee la versatilidad de poder leerse la “A”inicial como artículo en gallego y como preposición en castellano. Así el conductor sabe que si sigue en la dirección indicada terminará en la capital gallega.

La finalidad del lenguaje no es otra que entendernos y de la forma más precisa posible, por eso cuando surgió esa otra aberración lingüística llamada homofobia me pareció bien. Carecíamos de  un término que designase el miedo o el odio hacia la homosexualidad. Su origen, en cualquier caso, no puede ser más confuso ya que el prefijo “homo” proviene de igual y no de hombre. La homosexualidad es la inclinación hacia el igual, no hacia el varón, por eso las lesbianas pueden ser englobadas dentro del concepto y las mujeres heterosexuales no. Esto es de cajón de madera de pino, como que, en buena lógica lingüística, la homofobia debería significar odio al igual. Si preservásemos la acepción etimológica conjuntamente con la nueva,  sólo el gay que odiase a sus iguales, caso no infrecuente, podría ser doblemente homófobo.

El caso es que la palabra nos es útil, aunque sea un engendro. Otros híbridos de formación similar perviven en nuestro idioma como  la palabra autobús. Todos entendemos que se formaron  por aféresis, ya que  “autoómnibus” o “ homosexuálfobia” serían de inviable circulación.

Pero parece que toda esta confusión lleva a otras mayores. Preguntada la alcaldesa acerca de si engalanaría el consistorio con luces en honor a los heteros y a los vírgenes, contestaba Manuela obviando la referencia a los/las vírgenes, pues como Jardiel debe dudar de su existencia, que los heteros no suelen sufrir de “heterofobia”.

Los que vienen a inaugurar un tiempo nuevo no deberían derruir del antiguo más que lo inservible y hasta hoy, al contrario que la palabra homofobia que no tenía casi  uso, la “heterofobia” nos servía muy bien para designar el miedo a lo diferente, uno de los más arraigados comportamientos humanos. En realidad la homofobia en su más reciente acepción es una forma de  heterofobia. No sé si me explico; Esta nueva aféresis es por completo innecesaria dado que,como la propia alcaldesa explica, los heterosexuales no suelen ser objeto de discriminación por esta causa.

Y continúa  la confusión con el prefijo “homo” y sus distintas desinencias, pero esta vez con  ocasión de la crisis griega, el otro asunto que nos ha tenido en vilo. Escucho en el telediario a don Cayo Lara, como a todos, llevar el agua de este pandemónium a su molino… Pues bien, el señor Cayo, cuyo disputado voto, no sabemos si caerá en el saco podemita o en el suyo propio, dice que PP y PSOE son partidos «homónimos a los que han llevado a Grecia al desastre»(sic). ¡Homónimos! verdaderamente singular don Cayo. El coordinador de IU, debería estar más versado en latines con tan  romano nombre. Sus sienes plateadas descartan también la única excusa respetable que le asistiría: haber pertenecido a  la sufrida nómina de los estudiantes de la LOGSE.

En el mismo telediario se nos informa de que se ha malogrado la cosecha de picotas en el Jerte debido a la climatología. Cuanto más largo es el “palabro” mejor cree estar hablando el periodista. ¡Pobres picotas, abatidas por esta disciplina que estudia el clima y sus efectos! Sus antepasadas solían estropearse simplemente a causa del clima.

Volviendo al lío griego, un tertuliano que como el reportero del Jerte, siente querencia por las palabras largas, recomienda templanza a los líderes europeos, es decir, moderación en los placeres. Recomendación sabia y que hablando de griegos hubiera avalado el mismo Epicuro pero, no estando ya Strauss Kahn en plantilla, hubiera sido mejor aconsejarles algo de temple para manejar la crisis, esto es, valentía y serenidad para afrontar situaciones difíciles.

Pero como no sólo de la televisión y de tuiter vive el convaleciente, ayer recibí la visita de un amigo a quien la ola de calor, antes llamada verano, le produce una irreprimible “morriña”. No es la primera vez que lo oigo. – ¿De verdad este calorazo te hace sentir nostalgia de la tierra gallega? – Le pregunté sorprendido, porque la imagen icónica de Galicia es la de la  bruma y el fresco aire atlántico y sobre todo porque mi amigo es de Cádiz.

A mí todo este desaseo en el hablar, empieza a dejar de indignarme, para producirme una soporífera e irrefrenable modorra.

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7 comentarios en “La ceremonia de la confusión

  1. Cada día más, empleamos mal palabras que nos suenan sin pararnos a pensar si están bien utilizadas.
    No deje de indignarse: es el primer paso para caer en ese desaseo del que habla.
    Interesante, ameno y certero (salvo por el “sobretodo” con el que abriga el final del penúltimo párrafo)

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