Elogio del escepticismo

[…] Ni el pasado ha muerto,

 ni está el mañana – ni el ayer- escrito.

Antonio Machado

Vivimos en una época henchida de orgullo tecnológico. ¡Qué cosas no veremos! Dicen algunos  ¡Cuanto nos queda por ver! se asombran los más. La sensación de aceleración exponencial del proceso tecnológico en todas sus vertientes es general. Esta aceleración es real en muchas disciplinas a pesar de que la aplicación práctica profetizada, en robótica por ejemplo,  parece no llegar nunca. Nada de esto enturbia la fe del entusiasta que escudriña  las publicaciones de sus gurus  de cabecera en busca de esos hitos tecnológicos  que están siempre a punto de caer, como aquellos duros de la catarata.

He estado releyendo estos días “El mundo de ayer” de Stephan Zweig. Se trata de la desolada y nostálgica crónica de una época, la que transcurre entre 1870 y la Primera Guerra Mundial, un tiempo marcado por el optimismo y la seguridad de que el mundo había iniciado un camino sin retorno de progreso material y espiritual. Todas esas seguridades se evaporaron, las profecías que auguraban un progreso técnico y humano lineal y sin sobresaltos, se disolvieron como un azucarillo con las grandes tragedias del siglo XX cambalache, problemático y febril.

Soy lector apasionado también de publicaciones de ciencia y tecnología, y sin remedio posible, de la actualidad más inmediata en materia de política y economía. En este último terreno las profecías cambian ante nuestros ojos sin que apenas nos de tiempo a comprobar si se cumplieron o a recordar si alguna vez creímos en ellas y son sustituidas por otras nuevas con la velocidad con la que dicen que el transformista Frégoli se transfiguraba en personajes de la más diversa traza  ante el público, sin que este se percatase de como había ocurrido el cambio.

En la tornadiza actualidad de estos días vemos como las inconmovibles columnas salomónicas que sostenían el templo de la UE parecen ahora de humilde caño. Sabíamos de su bizarra forma pero hasta hace no mucho se nos antojaban fuertes y sólidas. Un pequeño resfriado o bronquitis severa, en una de las provincias más pobres y alejadas del corazón de la Unión, pone ahora en cuestión todo el andamiaje del sistema. Mientras nuestros ojos se posan asombrados en este sainete no apreciamos, distraídos, los vientos huracanados que en este momento se están formando en el mar de la China meridional y que podrían darle el golpe de gracia al endeble cobertizo si no apuntalamos a tiempo su estructura.

Esta mudante sensación de no saber si se abrirá el suelo bajo nuestros píes que incita a la melancolía y la reciente relectura del escéptico  lamento de Zweig contrasta ferozmente con mis habituales lecturas de ciencia y tecnología, donde si en el  fragor del debate surge alguna voz escéptica, esta es inmediatamente ahogada por un mar de optimismo antropológico.

En los últimas semanas he podido leer  reportajes sobre submarinos de supercavitación que harán posible viajes transoceánicos en menos de una hora, aviones extraorbitales con los que nos plantaremos en Sidney en menos de lo que mete la pata Beatriz  Talegón  y otros prodigios varios. Prodigios, de los que os haré merced y que llevan a vender publicaciones y a atraer incautos a las webs de los arúspices. Todos ellos, si no lo dicen, sí dejan traslucir la idea de que todos esos avances podrían estar aquí muy pronto. Mientras, olvidado en el desván de la historia dormita el sueño de la aviación supersónica comercial y nuestros aviones y barcos nos transportan a la  misma velocidad que desarrollaban hace 50 años.

Viene a completar esta impresión mi participación en  Un concurso patrocinado por el club de escritura Fuentetaja y la revista Muy interesante. Convoca el concurso a redactar una noticia sobre ciencia y tecnología fechada en el año 2050.  Me pareció curioso y me anime a escribir, aunque que me parecía atrevido aventurar que lo que imaginé  pudiera ser realidad en  esa fecha, pero pensé que los  avances en biología y genética, la incorporación de la mujer al trabajo científico y la demanda social de sistemas de gestación alternativos para parejas de imposible fertilidad,  quizás no lo no convirtiesen en una idea del todo descabellada. Aqui teneis el enlace para los que querais leerme. Además, pensé que si era un poco loco y desatinado, seguro que habría noticias más disparatadas que la mía. ¡ Que si había….!

Con mi proverbial espiritu deportivo me dispuse a leer a mis compañeros de juego. A medida que avanzaba en la lectura iba sintiendo una mayor admiración por el espíritu humano y su capacidad para proyectar quimeras de todo tipo y ¡para el año 2050! Una fecha lejana para una vida humana pero que en términos históricos está a la vuelta de la esquina. Os animo a leerles. ¡Cuanto se puede aprender de la fe humana en un progreso tecnológico exponencial y sin trabas en esta muestra! No existen limites ni resistencias que vencer. Mis compañeros de concurso profetizan para dentro de unas tres décadas, viajes interestelares y a través de agujeros negros, a los que acudiremos como quien baja al metro; terrificación de otros sistemas solares, cuando no hemos siquiera regresado  a la luna desde hace casi 50 años, así como la inmortalidad y otras bagatelas. Todavía seguimos lidiando con los fenómenos de rechazo en implantes, pero eso no será obstáculo para que en el 2050 implantemos ya cerebros humanos en androides. ¡Pasen y vean todo tipo de prodigios! . Hasta hay quien escribe el texto en ese vestigio arqueológico que es el Esperanto, al que supongo considera ungido de esa racionalidad sin limites que será la norma en el 2050.

Ya sé que se trata de  un juego y  no de serias proyecciones científicas  y que el formato invita a dejar volar la imaginación y para mas inri para esa fecha, los que no estemos criando margaritas transgénicas, hace mucho que nos habremos olvidado  de él. Pero la gracia del juego es que permite atisbar la creencia popular en la omnipotencia científica, que nada tiene que ver con el verdadero espíritu científico, que proyecta, sí, pero cuyo corazón es escéptico por naturaleza, que imagina y elucubra, también, pero se apoya en la firmeza del principio empírico y prefiere el paso corto, pero seguro, al salto al vacío.

La confianza popular es inmune a estas cautelas, nada puede la tozuda realidad de un progreso que avanza con grandes éxitos, sin duda, pero a trancas y barrancas, luchando contra las resistencias de nuestras humanas limitaciones y las del mundo físico que nos rodea, como un ciego que va tanteando el terreno, contra la creencia popular en un desarrollo tecnológico sin cortapisas, ni físicas ni económicas y que se expande como una onda por igual en todas las direcciones.

¿Qué lo sostiene? ¿Acaso las anticipaciones de la imaginación popular de hace 35 años estaban acertadas? Acabo de mirar por mi ventana y no veo los coches voladores que eran antaño  la imagen estereotipada del futuro, tanto en revistas de curiosidades como hasta en el TBO. La realidad es que 25 años después de la creación de la Unión Europea seguimos lidiando con la implantación de un control único  para  unos pocos miles de aviones e incluso los drones no tripulados para uso comercial tropiezan con grandes dificultades. Tampoco, para mi indignación, ha venido a servirme el desayuno ese chambelán de hojalata que puebla todos los imaginarios futuristas desde hace casi un siglo.

Ciertamente, hemos vivido un periodo  de intensos descubrimientos en biología y genética y estamos inmersos en un triple salto mortal en la adopción universal de tecnología de la información. El dibujo de Hanna Barbera de 1962, que ilustra la convocatoria  destila confianza en nuestra capacidad de proyectar el futuro. Y así es  pero también nos vale como ejemplo de lo que no somos capaces de atisbar. La viñeta  anticipa de manera meritoria que en el futuro leeríamos el periódico por medios electrónicos, pero fracasa al pronosticar que lo hariamos en pantallas colgadas de la pared y no en dispositivos portátiles. Desde entonces ha habido dos saltos disruptivos: la movilidad y la interactividad y el dibujante/guionista lógicamente no es capaz de anticiparlos. Imagina nuevos usos pero los proyecta sobre los viejos elementos que ya existían en su tiempo: una televisión cuyo único elemento interactivo  es el convencional mando a distancia.

Es lo que suele ocurrir, somos buenos en avanzar cambios dentro de un esquema ya conocido, no tanto, en considerar las resistencias sociales y económicas que enfrentan los nuevos avances e inútiles casi siempre cuando de lo que se trata es de profetizar la dirección en la que ocurrirá un salto de paradigma.

En la era de la maquina de vapor y de los avances mecánicos también avizoraban un futuro mucho más desarrollado, pero estaba todo él lleno de palancas y engranajes. Estaban los coches voladores, cómo no, pero eran incapaces de prever la revolución informática y digital.

A veces, no sólo la imaginación popular, sino también  las predicciones científicas y tecnológicas de los cerebros mejor preparados e informados pecan de ese exceso de optimismo. Quizás vivir rodeado de un ambiente innovador, donde todos los días pasan cosas nuevas y se discute sobre nuevos descubrimientos, contrae la visión y son incapaces de alcanzar una perspectiva más general. Muchos de esos descubrimientos y avances tecnológicos que se vitorean como saltos definitivos no son sino “verduras de las eras”.

Dicen que Isaac Newton, sin duda, el científico más preparado de su tiempo, preparaba una expedición a los Alpes suizos para cazar dragones. Era una creencia común en su época la idea de que en los Alpes vivían criaturas antediluvianas. Pero si un tipo como Newton creía en dragones ¿ En qué dragones no estaremos creyendo nosotros ahora?

Tal vez el mayor dragón de nuestro tiempo sea la fe en que pueden surgir tecnologías disruptoras, capaces de cambiarlo todo, cada poco tiempo. Esa noción crea yonkis de la tecnología que se agolpan y duermen en tiendas de campaña para adquirir cada novedad que a los expertos en mercadotecnia se les antoja venderles.

Nada mejor que acudir al clásico para curarse de ese mal. Dice Francisco de Quevedo :

“ […] Es la novedad tan mal contenta de sí, que cuando se desagrada de lo que ha sido, se cansa de lo que es. Y para mantenerse en novedad, ha de continuarse en dejar de serlo, y el novelero tiene por vida muertes y fallecimientos perpetuos. Y es fuerza o que deje de ser novelero, o que siempre tenga por ocupación el dejar de ser.[…]”

Yo soy bastante novelero, pero un novelero un poco escéptico y desengañado. Un novelero que no puede dejar de ver  la lentitud soporífera con las que se operan muchos cambios. A los cambios no únicamente se oponen fuerzas conservadoras o reactivas como cree mucho apóstol de lo nuevo, sino objetivas y económicas. No todo lo que es técnicamente posible es deseable ni mucho menos económicamente viable. Ahí tenemos el Concorde, gloria de la tecnología europea, soñando en un museo con aquel tiempo en que ajuguereaba la barrera del sonido.

Es verdad que la revolución informática ha supuesto un giro copernicano que tal vez lo cambie todo al crear posibilidades de cooperación antes imposibles. La revolución digital favorece los logros de la inteligencia colectiva de la especie, cuya calidad es superior a  la suma de las inteligencias individuales. Sin embargo, toda esta revolución apareció sin esa espectacularidad que necesita el “techie” para mantener su colocón en todo lo alto. No puedo decir que internet apareciese en mi vida, ni supongo que en la de la mayoría, con ese fulgor de lo nuevo con el que apareció la luz eléctrica.

Relata, en su Automoribundia, ese tuitero precoz, Ramón Gómez de la Serna, como al inicio del siglo XX  ocurrió la fastuosa aparición repentina de luz eléctrica en su vida. Debió ser como aquel chasquido del Génesis “Hágase la luz y la luz se hizo”. Cuenta Ramón como corría incrédulo y despavorido  por  pasillos y habitaciones apagando y encendiendo interruptores como un endemoniado.

Digamos que internet y yo no nos hemos conocido así, con ese deslumbramiento, ha sido más bien un irnos conociendo, como se va descubriendo la complejidad de un ser que te acompaña en el camino mientras se conversa con él. ¿Alguien recuerda el día que descubrió internet como se acuerda uno de donde estaba el 23F o el 11S?

Lo más parecido a ese deslumbramiento que recuerdo es la primera vez que vi el iPhone. Todas las tecnologías que lo hacían posible existían ya, pero en un grado tan embrionario, que verlo funcionar, desplegar sus posibilidades con ese grado de usabilidad y diseño, me pareció un prodigio. Pero como ocurre con los prodigios  no suelen repetirse asiduamente, por más que una legión de crédulos espere cada lanzamiento de la manzana como se esperaba el segundo advenimiento.

Nos olvidamos con facilidad de que los grandes saltos tecnológicos a veces tardan en producirse a pesar de que vayamos creando una acumulación importante  de conocimiento, como en los once siglos que van del arado romano al tractor. No sabemos porque salta la chispa pero la apasionante historia de los descubrimientos simultáneos como el cubismo por Picasso y Braque o el calculo infinitesimal por Newton y Leibtniz o en epocas más recientes los combates  de Darwin y Wallace o Tesla y Edison, sugieren que se da  una lenta maduración del fruto hasta que está en sazón para ser recogido por una mente alerta.

En el pasado la lentitud de los cambios a veces ha dado tiempo no solo a acumular conocimiento, sino a que se produzcan  incluso saltos evolutivos sin  obrarse una nueva revolución tecnológica. Desde las primeras hachas de mano achelenses hasta que se inventa una nueva tecnología pasó casi un millón de años. Durante ese periodo creció progresivamente  la capacidad cerebral y cognitiva sin que la tecnología variase prácticamente. Los paleontólogos creen que este bifaz de indudable belleza y simetría era el gran “meme” de la prehistoria. Un objeto casi perfecto, de enorme utilidad y estilizado diseño, que dotaba de prestigio a su poseedor. ¡Era un costosísimo y “fancy” teléfono móvil de ultima generación, de un diseño tan insuperable, que los cambios fueron casi imperceptibles durante un millón de años!

Cuando los paleontólogos se preguntan, a que dedicaron entonces esos humanos sus cerebros más evolucionados, si no eran capaces de producir nueva tecnología, la respuesta que recibe un mayor grado de consenso es la de que estos antepasados usaron su mayor capacidad cerebral en establecer relaciones interpersonales complejas. Crearon alianzas y sistemas de ayuda mutua que nos hicieron humanos. ¡Mientras su tecnología permanecía invariable, se dedicaron a las redes sociales!

El ritmo de las revoluciones es ahora diferente y lo será más en el futuro. Mientras medio mundo se desgañitaba con la palabra  “Revolución y revolucionario” las sociedades libres, de mercados abiertos, se dedicaban, sin tanto aspaviento, a producirlas  consecutivamente en todo orden de cosas y cada vez más rápido, pero muy lejos todavía del ritmo de nuestros quimeras o muchas veces por caminos diferentes a los que imaginábamos.

Es posible que aunque, se operen cambios en el cerebro colectivo, un salto tecnológico importante se haga esperar… o quizás no. Al avanzar a tientas no sabemos nunca que barreras encontraremos y cuales seremos capaces de saltar o cuales crearemos nosotros mismos con nuestra cerrazón. De momento en España le hemos dicho que se vaya al mejor y más impresionante agregador de contenido de actualidad de la historia, a aquel botón borgiano que descorría la tapa del Aleph.

Se oye mucho ahora eso de que la tecnología no se puede desinventar, pero el lysenkismo fue una desinvención en toda regla del conocimiento acumulado por la agricultura clásica y duró más de treinta años. Quizás no se pueda desinventar por siempre, pero la cerrazón ideológica puede “desinventar” algo durante mucho tiempo. Hemos desechado el uso de otras tecnologías que están entre lo mejor que ha creado el intelecto humano, porque, los costes, pensamos, no superan a los beneficios, como es el caso de la aviación supersónica comercial de la que hablaba antes o el uso civil de la energía nuclear que andamos “desinventando” desde Fukushima.

De todos modos si alguna tecnología se hubiese erradicado y desterrado de la faz de la tierra por siempre, ¿Cómo lo sabríamos? Quizás muchas técnicas que eran valiosas desaparecieron debido a una tasa de adopción insuficiente o por lo que fuere cayeron en el olvido cuando éramos poco más que el proyecto de lo que somos. La mejor defensa para evitar estas involuciones es permanecer alerta y defender con uñas y dientes la sociedad abierta, compleja, porosa y diversa que somos.

La capacidad de crear, otear el horizonte e ilusionarnos con las proyecciones futuras nos hace humanos, pero un punto de sano escepticismo nos hace humanos mas listos, mas perspicaces, menos crédulos, individuos capaces de separar el grano de la paja de la charlatanería.

Yo de todos modos sigo siendo un crédulo. Imaginad hasta que punto lo soy que creo que sí vosotros mis lectores y amigos habéis llegado hasta aquí en esta escéptica disertación, seguro que también estáis dispuestos a votar por mi pequeña noticia del concurso y que os invite a todos a unas cañas con el dinero del premio. ¿O no es así?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s