El concilio cadavérico

imageVestido de gala con su  de capitán general comparece el generalísimo Franco, caudillo de España por la gracia de Dios, ante el tribunal definitivo que habrá de juzgar su obra. Los uniformados despojos esperan en el salón de plenos del nuevo ayuntamiento el veredicto final.

La reina roja blande el bastón de mando y emite el veredicto : –El pueblo ha hablado, Francisco Franco, tú y todos los de tu relea, que os creísteis sólo responsables ante Dios y ante la historia, seréis borrados de cualquier inscripción pública por siempre, tu nombre será maldito, como los de toda tu progenie y tus afines. Se extirpará vuestro nombre de plazas y calles y placas, los monumentos en vuestro honor serán derruidos. Yo decretó la damnatio memoriae sobre ti y los tuyos y extiendo la condena a todos aquellos que consintieron por palabra, obra u omisión tu odiosa prelatura. Será esta corporación la que decida quién debe acompañarte en el eterno destierro de tu memoria.

Otros muchos despojos acompañan a los del dictador en el salón de plenos desde el inicio del juicio, el general no está solo. Para todos ellos ha llegado la hora de la justicia. Los generalones de más alto rango ocupan la parte principal de la macabra bancada de los acusados, pertrechados de medallas y cruces, no pierden la ocasión de conspirar ni después de muertos. Yague reprocha a Arias su constante gimoteo durante todo el proceso, al tiempo que conversa con otro entorchado, el general Varela que luce desafiante su Cruz de San Fernando; le susurra: – ya os dije yo que debimos cortar por lo sano con Paquito en el 42, otro gallo cantaría.

Davila, fiel al caudillo, le mira con desprecio y Fanjul, cuya muerte en el 36 hace que no entienda cabalmente los detalles del juicio, pregunta -¿ Me van a volver a fusilar?

Mientras, Moscardo está como ausente, no entiende que pasa y pregunta si el Real Madrid ha ganado más copas desde su óbito. Millan Astray, cuyo aspecto no difiere mucho del que tuvo en vida, se exacerba y grita – ¡Muera la inteligencia! -Mola le mira con desprecio desde la oquedad de sus cuencas, disimuladas por las discretas gafas que descansan sobre lo que fue la  infalible nariz del Director  y musita para sus adentros… Hace tiempo que murió, cabo chusquero.

También los prelados tienen su lugar en el primera fila del túmulo construido al efecto para la ordalía,  el cardenal Herrera Oria soporta el peso de la purpura sobre su desvencijada osamenta, tiene las manos cruzadas en posición orante y reza latines y jaculatorias.

En una parte mas baja del túmulo están también los escritores y juntaletras acusados de odiosa connivencia con el régimen. – Hemos venido para juzgar a vivos y muertos y nuestro reino no tendrá fin -declama el concejal camarlengo.

Agustín de Foxá comparece con su uniforme de gala de embajador, Juan Ignacio exhibe una sonrisa cadavérica e irónica. Peman, discreto, lleva puestas sus gafas de concha y con el rictus congelado piensa en la tercera que escribirá mañana sobre todo esto. Eugenio D’ors ha decidido llevar su payasismo más allá de la muerte y adorna sus restos desafiante con correajes. Mas irónico, Pedro Muñoz-Seca, rescatado de la fosa común de Paracuellos, entretiene las deliberaciones pergeñando ripios y le dice a Fernandez-Florez: – Voy a tener que cambiar mi famosa frase, porque lo único que no pueden quitarme estos de ahora es la risa que me dan-. Ruano, miedoso hasta después de finado, escucha la frase; no le hace gracia y se atusa el bigote inquieto.

 In lyrics sum etiam reus proclama Carmena. In lyrics sum etiam reus repite enfervorizada la bancada.

Como en las plazas de toros de antaño se han habilitado estrados para que otros muertos, desenterrados de las cunetas asistan como clac al proceso purificador. Algún muerto intenta un artrósico aplauso, la mayoría asiste perpleja al hecho de haber sido desenterrada para contemplar más muertos y mantiene la dignidad ante el macabro espectáculo.

En primera fila de invitados otros muertos ilustres asisten a la Causa General con atención. Entre estos, está Adolfo Suarez , que súbitamente ha recuperado la memoria y le comenta a Santiago Carrillo -don Santiago- , – Oye ¿yo no debería estar ahí abajo con esos? fui secretario general del movimiento.

Don Santiago, sonríe, apura la colilla hasta la hez y piensa socarrón… no creo que me haga mucho daño ya el tabaco… con el dedo ordena silencio al Duque :- cada tiempo elige sus héroes y sus villanos, tú ahora eres un cadáver exquisito, más que eso, eres un aeropuerto, Adolfo…calla y no hables…nosotros siempre supimos nadar y guardar la ropa.

¿ Y esos quienes son?– pregunta Manuel Fraga con la incontinencia verbal de cuando aún estaba vivo. Como ponente constitucional permanece en la tribuna de invitados aunque la bancada de Podemos reclama que ocupe su puesto entre los acusados. Alguien le responde – Esos de ahí abajo son mandos intermedios y otros personajes de relleno en la farsa, a nadie importan, pero también serán declarados culpables: mirad, ese que recita febril “Sin odio, sin cuartel” es Antonio Rivera “el Ángel del Alcázar” que cree estar defendiendo todavía la fortificación, ignora todo lo que aconteció después.

¿ Y aquel?– pregunta un cadáver, vestido con un traje demodé de procurador en cortes, que gracias a su pericia para transitar las más diversas aguas también ha logrado plaza entre los invitados . -Ese  que ves allí, al lado del capitán Haya, es el comandante Zorita -le responden- aquel piloto que rivalizo con los de la Luftwaffe, el primer español en horadar la barrera del sonido. Ningún merito personal será tenido en cuenta. No habrá donoso escrutinio, ningún Amadís se salvará de la condena al olvido público.

Como en una fantasía de Tim Burton, cinco jinetes sin rostro, destacan sobre sus cabalgaduras de entre los encausados. Son cinco hermanos falangistas, los García Noblejas: Jesus, Ramón, José, Javier y Salvador. Otros supieron salir con bien de la contienda y evitar la cita con la parca, algunos medraron en la posguerra y los más listos,los laínes, estaban ya bien posicionados cuando llegaron los cambios. Los cinco hermanos, más intrépidos y arrojados que aquellos, murieron todos. Aquí no hubo operaciones para salvar al soldado Ryan. Su padre también murió en  la guerra. La madre y viuda oía en la noche muchos años después los cascos de los caballos de sus hijos. Serán desherradas y abatidas las bestias también en este juicio sumarísimo. Los jóvenes, que presos en su tiempo y su circunstancia, como todos los hombres, hubieron de vivir, elegir y tal vez equivocarse en la España terrible de los años treinta, serán juzgados con la vara de medir podemita de hoy en día. Ni su valentía, ni la excepcional circunstancia de su holocausto familiar serán eximentes. La damnatio memoriae está decretada de antemano.

Mas abajo, en lo que algunos comentadores han llamado la fosa común, se encuentra la tropa anónima que también está siendo juzgada. Entre estos están  los caídos de la División Azul, que aun tiritan de frió en plena canícula mesetaria. Zapata, el de los tuits de judíos ha sido el acusador. Este cuerpo, apenas una excusa de Franco para no unirse al eje, combatió junto al ejercito alemán a la Rusia estalinista. Entre sus filas había de todo, fanáticos, idealistas, también estudiantes que creían que debían luchar contra el totalitarismo comunista, represaliados republicanos, aventureros, algún “rojo” que quería lavar sus culpas ante el nuevo régimen y hasta algún cineasta luego venerado.

Sus cuerpos se han conservado bien con el frió y cuando el calor madrileño derrite la capa de hielo estepario que fue su mortaja, se dejan ver sus ojos arrasados por el horror y el sufrimiento de morir en tierra extraña. También para ellos se decretará el olvido público. “Delenda, delenda est” vocifera Zapata, mientras tañe su arpa. La suerte está echada.

Todavía mas abajo que estos, en el ultimo nivel del osario, están los “Martires de Paracuellos”. Los hay de todas las edades y condiciones, entre ellos una alegre muchachada, la mayoría entre los quince y los veinte años que fue trasladada en camiones desde la cárcel modelo en las famosas sacas. A pesar de su juventud no arman mucho jaleo, llevan muchos años muertos. Hoy morirán un poquito más.

De entre estos uno se revuelve y alerta a sus compañeros – Oye, ¿ese vejestorio apergaminado de ahí, en la tribuna de invitados, no es Santiago Carrillo, aquel que era  comisario de orden público cuando nos mataron? he oído que le han dedicado una calle con la abstención de la CEDA de ahora.

Otro muchacho, de ojos soñolientos, le responde: – Está bien que así sea, después de muertos nosotros, la vida continuó y también hizo cosas meritorias, como reconducir a los comunistas a aceptar la democracia. A pesar de la obscuridad insondable de casi todos  sus actos, como la delación a su propio padre, su silencio ante los juicios estalinistas a sus mismos compañeros, sus lujosos veraneos en el mar negro con los Ceaucescu, quizás hubo algo de luz también en su vida. A finales de los sesenta se unió, tal vez por ese instinto felino de supervivencia que siempre le caracterizo y a nosotros nos faltó, a las corrientes de pensamiento comunistas que aceptaban las reglas de juego de las democracias occidentales… fue su merito… no sería honrado negárselo. La vida de un hombre se compone de muchas cosas y si alguna podemos rescatar del olvido para honrarla algo habremos aprendido de la historia, algo que podrán recordar las generaciones venideras, ese recuerdo que ahora a nosotros nos niegan.

El muchacho que así habla es Monchín Triana, el jugador de fútbol que demostró su inteligencia en el campo con el Real Madrid y el Atlético. Ha tenido tiempo para meditar en su fosa y sueña con regates imposibles y con un mundo menos cainita.

No lo habrá, el intendente general elabora ya nuevas listas.- Esta es solo la primera saca de innombrables, borraremos sus nombres como quisieron borrar los nuestros y los de nuestros padres -declama ante el sínodo.

Nosotros decidiremos quien fue cómplice, no haremos distingo por otros méritos. Amnistiaremos como nos convenga a quienes decidamos que nos son útiles. Como dice nuestro líder: “La política consiste en conquistar el poder y si algo es útil para este fin lo usaremos, por repulsivo que sea, podéis estar seguros”. En cuanto a los otros, los tibios, los silentes, los cómplices, nosotros decidiremos quiénes son. Su suerte esta echada. El pueblo ha hablado.

Los muertos callaban mas que nunca. El sínodo cadavérico tocaba a su fin, las palas de los sepultureros se aprestaban a echar más tierra sobre nuestra historia, paladas grandes de tierra y cal viva para disolver en la nada las médulas que un día gloriosamente ardieron con los afanes de su hora. Otros quevedescamente les avisamos: que nadar sabe el alma el agua fría y que no hemos de callar, por más que con el dedo silencio nos avisen o amenacen miedo.

No es tiempo de revanchas y bien está despojar al dictador de su armiño y devolver a su lugar en la historia a quienes creyeron encarnar España, pero la poda ya está hecha y si alguna queda por hacer, que se acometa. Bien está, también, restaurar en su dignidad a los perdedores, a los ofendidos, a los humillados, pero no hemos de consentir que unos adanes iletrados, ayunos de conocimientos históricos, expertos solo en jeroglíficos gramscianos y ni eso, ejerzan de  fiscales y sepultureros y elaboren listas con criterios ideológicos para enterrar a media España. Tan ignaros que querían remover la placa de la calle “comandante Franco” quizás pensando que había una calle por cada grado que ostentó el General. Pues bien, la calle conmemora a su hermano, el aviador del Plus Ultra, Ramón Franco, republicano y diputado de ERC. Se unió a los sublevados en el 36, eso sí y seguro que este dato y su parentesco con el dictador, justifican la poda para las talegones, los zapatas y los pablosotos. Pero muchos no estamos dispuestos a que amparados en la Ley de Memoria Histórica se perpetren atentados contra esa memoria precisamente, ni a que pretendan desterrar de ella a las victimas del ominoso terror que se desató en Madrid por ejemplo, ni a que con criterios sectarios practiquen el tiro al pichón contra las placas que conmemoran a escritores e intelectuales que no son de su agrado. Tampoco a que celebren ordalías contra personas meritorias, por su adscripción a un bando determinado como único criterio de selección.

Pero me he dejado llevar por mi carácter y perdido en una disertación personal y no he terminado de contaros el final del truculento sínodo. La damnatio memoriae fue decretada y se publicó en un retórico bando de la nueva alcaldesa, que festejaba a su vez a homicidas y golpistas afines, a los que se honraría con placas y días festivos. A los cadáveres procesados les fueron arrancados los ropajes y  símbolos de su dignidad como al papa Formoso y los que solo huesos poseían fueron de nuevo devueltos a las fosas para ser enterrados de forma anónima. Se decretó pena de ignominia social para quien los nombrase. A la conclusión del auto de fe se pidieron voluntarios para volver a enterrar tanta osamenta y hubo a miles que de verdugos y enterradores vocacionales nunca hemos andado escasos. Por las manos del odio y la ignorancia fueron devueltos a la tierra de la que habían salido para ser juzgados. Los que se aprestaron a dar las nuevas paladas lo hicieron ufanos creyendo servir bien a la comunidad al devolver esa escoria al reino de los gusanos. Ni siquiera en este último enterramiento contaron con  manos amigas y piadosas como las que imaginó León Felipe para ese postrer servicio al hermano.

…No sabiendo los oficios los haremos con respeto

para enterrar a los muertos 

como debemos

cualquiera sirve, cualquiera…menos un sepulturero… 

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