Estrambote bufo y bolardiano al siniestro concilio

Como coda a la entrada en la que os narraba ayer el donoso escrutinio al que todo gobierno de adanes que se precie decide someter el callejero y la exhumación de los reos para ser juzgados post mórtem como unos  “papas formosos” cualquiera, no quiero tampoco dejar de compartir con vosotros una idea que puede lograr el consenso de todos y evitarnos discordias inútiles.

El caso es que paseaba yo abstraido  pensando cómo podría ayudar a Carmena a contentar a todos, los fiscales de rótulos y los hacedores de ellos. Tirios perroflauticos que pretenden borrar el nombre hasta al barrio del Lucero porque les recuerda al “Cara al sol” y troyanos de una izquierda tan desnortada como la que en Getafe dedica al tiempo y sin empacho calles a Buenaventura Durruti y a Enrique Líster, que es como ser a la vez partidario de la dieta macrobiótica y del solomillo Strogonoff.

Difícil tarea para la alcaldesa, que no puede refrenar la furia purificadora de sus acólitos, la compulsión ofrendadora de sus huestes periféricas y contentar a un tercer bando: esa legión de desaprensivos a los que la historia les preocupa bastante menos que la posibildad de que se les pierdan las cartas.

La constatación de que una ciudad es una cartografía de calles y que Manuela ha tomado posesión de esta ínsula sin saber si mañana sus vías conservarán los nombres y trazados que hasta ayer otorgaban carácter al conjunto, me llenaba de hondo pesar por lo existencialista de la cuestión. Pensaba yo en la regidora puesta en la tesitura de ir por ahí  como una nueva América Vespucia en su Mundus Novus, con una concha en una mano para bautismar las rues de esta terra ignota sobre la que gobierna  y en la otra mano, en lugar del bastón de mando, un hisopo para ahuyentar esos fascistones que al torcer una esquina pueden aparecer en cualquier rótulo.

-¿De dónde sacaremos tantas calles para satisfacer a todos? -Me torturaba pensando- ¿A cuantos fascistas habrá que deponer de los rótulos para honrar a demócratas de abolengo como Líster?, ¿y qué haremos con esos facciosos descabalgados y sus escritores cómplices para que no se nos solivianten las señoras bien que compran en “Mallorca” y hasta algún inocente que cree que la historia no debe ser borrada a golpe de decreto? -Cuestión ésta última de nula importancia pero que mi ánimo conciliador me llevaba a considerar.

Lo primero que se me ocurrió es una solución a lo Gallardón; un poco cara pero también de un retorcido simbolismo. Consistía el invento en persistir horadando la urbe y creando nuevos corredores subterráneos, así podríamos remover los nombres de los fascistas a estas calles del subsuelo liberando espacio para que luzcan en la soleada superficie poetas, prescriptores y homicidas propios, amén de los prohombres a honrar propuestos en los plebiscitos vecinales. ¿Me van cogiendo la idea? Manuela podría presumir de haber enviado a la facción al inframundo, de donde nunca debieron salir y contaría con nuevo espacio en el exterior.

Sí, seguir con la perforadora crearía más déficit y deuda. ¿Pero, desde cuándo a una derecha manirrota o a izquierda que se precie de su santo nombre le han preocupado estas fruslerías? Pelillos a la mar.

Ya me frotaba las manos y hurgaba en el bolsillo buscando el teléfono para llamar a Manuela, aunque todavía preso de mis prejuicios liberales me preocupaba el coste de la idea.

Sin embargo, era tan deliciosamente malvada la ocurrencia de mandar a esas viejas salmantinas y pollos pera a llorar por sus santones y caídos al subsuelo que ¡Qué demonios!… Y en éstas andaba cuando mi proverbial despiste me hizo tropezar contra unos de esos iconos que dan nombre a este blog y ¡ZAS!… ahí estaba, otra vez rodilla en tierra, por prestar más atención a lo abstracto que a la dureza de lo concreto e inmediato.

Como en aquella ocasión, de nuevo tuve una revelación: ¡No hacía  falta continuar agujereando como buscadores de petroleo, ni saquear las arcas municipales! Vosotros, bolardos míos, que siempre habéis estado ahí, guardabais silentes la solución a mis desvelos. De puro chatos no acertaba a veros cuando barruntaba como solucionar este entuerto, pero vuestra pertinaz dureza ha reclamado mi atención de nuevo.

¡Qué desperdicio de espacio urbano es un bolardo innominado! ¿No son vuestros cilíndricos cuerpos dignos de honrar a glorias patrias como lo hace una calle o una fuente? Sois legión, lo que facilita el trabajo y amplía el posible censo de homenajeables.

Habría sitio para todos: asesinos, demagogos, trileros y poetas de ambos bandos podrían dar su nombre a estos hitos de nuestro paisaje. Pronto, de la misma manera que reconocemos el territorio urbano por los nombres de sus calles, reconoceríamos de igual manera a cada bolardo por su nombre.

Ya estoy imaginando las conversaciones… “ Hoy me he dado un golpe con Arias Navarro” y no harían falta más precisiones pues, con la costumbre, todos sabríamos de que bolardo hablamos.

¿Si en Estados Unidos se apadrina un cacho de carretera por qué habréis de permanecer vosotros sin nombre, bolardos de mis entretelas, viviendo así, huérfanos de vocativo, como los angelitos que se van al limbo por no haber sido cristianados en hora?

Primero os daríamos nombre de “fascistones reconocidos con calle”, sería como un downgrading que haría las delicias de Rita Maestre; un duro descenso: pasar de dar nombre a una plaza a que tu nombre lo alojase un bolardo. Su alma de ferralla simbolizaría a la perfección el duro corazón de los que no quieren o no quisieron ser persuadidos de la fe verdadera.

Por ejemplo, ese tal Fernández Villaverde, que seguro que era un carlistón o algo peor, downgrade a bolardo con carácter inmediato, con lo que la amplia avenida quedaría expedita para llamarse, por ejemplo, de Pablo Iglesias. Ah, ¿qué ya hay una y además perpendicular a ésta que se llama así? Qué no nos arredren esas chiquilladas. Se la renombra travesía de ídem al viejo uso de muchas de nuestras ciudades con los callejones transversales.

-¿Y la plaza de Cánovas ? -No me haga usted reír: bolardo y va que chuta. – ¡Oiga que era el político que diseñó la Restauración! – ¡No le digo a usted… un fascista! ¿Hacía referéndums? Pues bolardo.

Corazón Corazón, abriría con la noticia: “Tamara Falcó ha vuelto a estrellarse esta madrugada contra Cánovas del  Castillo” y todos sabríamos exactamente contra que bolardo ha dirigido sus automovilísticas iras la hija del marqués de Griñón.

El gran número de bolardos en disposición de ser bautizados, permitiría no solo darles nombres de desafectos a la causa, también algunos podrían consagrarse a figuras menores, pero amadas, del nuevo poder constituido, para así honrarles como merecen, pero en vida, olvidando esa ingrata tradición, tan nuestra, de homenajear sólo al muerto.

Los bolardos retráctiles, que…- ¡voilà!- aparecen y desaparecen a voluntad, podrían albergar el nombre de esas figuras necesarias en los coros y danzas del nuevo establishment pero que, por su singular torpeza o mudante trayectoria, a veces se hace necesario esconder bajo tierra. Pongamos por caso a una Talegón o un Jorge Vestrynge. Este último de tan portentosa versatilidad en el tablado de la política, tan poseído e identificado con cada uno de sus papeles que en todos ellos resulta sincero de puro artista, ya sea este el de delfín conservador, el de asesor bolivariano, el nazi mitómano o el tumultuoso agitador callejero. Pero tanta intensidad es conveniente poder esconderla bajo tierra a conveniencia de los que manejan los hilos de la trama. Cierto es también que el inconsutil armazón de acero fundido del bolardo palidece ante la dureza de sus rostros pero es lo más parecido que tenemos a mano para rendirles tributo.

¿No es esta bolardiana solución justa y honrada?¿No redundaría en el contento de todos, hasta de los fabricantes de bolardos que ganarían un extra cincelando en su progenie el permanente tributo a nuestros homenajeados de toda laya?

Regalo la idea a nuestra alcaldesa. Ninguna recompensa espero sino la de no ser objeto de tributo público ni por méritos ni por deméritos; que mi nombre se extinga suave, gentilmente, en la memoria y en los labios de los que un día me conocieron y apreciaron.

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