Muertos en la piscina

Amanezco con la noticia de que un muerto ha aparecido flotando en la piscina de la señorita Moore, actriz tan aguachirle que ella misma parece que flota exangüe en esos cachos de celuloide en los que participa.

Siempre sentí un absoluto desinterés tanto por la señorita Moore como por las producciones en las que ha participado pero un muerto en la piscina es otra cosa, algo que la conecta con las tradiciones de crímenes y pasión del gran Hollywood y que quizás la redima, si no como actriz, sí como personaje.

A la espera de que no se trate de un truco de su agente para relanzar su carrera con la inestimable colaboración de algún suicida que pasaba por allí, ese muerto flotando en su dacha me ha recordado el inicio de Sunset Boulevard y como combaten las diosas del celuloide la crepuscular prosternación que Hollywood las reserva.

La Moore, conocida como”give me Moore”, por su carácter insaciable en lo crematístico, está ya en esa edad talludita en la que la industria jubila a sus divas y la imaginamos, como a una precoz Norma Desmond en su desvencijado palacete, visionando con lágrimas en los ojos ese momentazo en que el blandito de Patrick Swayze la  requería de amores con esa flojedad que era su marca.

“Gosht”, aquella película, fue para Demetria el preludio de la cohabitación con fantasmas que, como a toda diva, le estaba aguardando en el ocaso de su carrera.

Demi, como la imaginaria Desmond o la la niña rica Hutton parece haber iniciado ya ese descenso a los paraísos lisérgicos. Con esa anestesia combaten las estrellas la brutal indiferencia de la industria y el olvido del público. Hemos ido teniendo noticia de que, desde hace algún tiempo, visita con cierta asiduidad los hospitales, ora para chapa y pintura, ora con ocasión de algún despiporre barbitúrico.

La repentina aparición de un muerto en su piscina nos ofrece una pista de que, en su temprano crepúsculo, el recosido “body” de la Moore pudiera contener más alma de la que ella ponía en sus papeles.  Ahora la adivinamos como un personaje más rico de aventura, de más hondo calado que ninguno de los que representó para la gran pantalla: una mujer de volcánicas pasiones, de esas que en Hollywood sólo pueden terminar con un cadáver en la piscina.

Si se confirma que Demi ni siquiera andaba por allí y que ese cuerpo en su piscina nada tiene que ver con una violenta historia de pasión y despecho, la señorita Moore nos habrá vuelto a decepcionar. No hay mejor destino para esas piscinas que éste que imaginamos.

Al contrario que las piscinas de los pobres, que suelen andar rebosantes de apretada humanidad, estas piscinas de los ricos hollywoodienses difícilmente tienen otra justificación que la puramente contemplativa o  la de servir de escenario para un crimen, pues los ricos no suelen andar por allí nunca ya que están siempre en Saint Tropez o de compras en Manhattan y el jardinero recoge parsimonioso las avispas muertas y las hojas caídas al objeto de qué, cuando aparezcan los federales, no encuentren todo manga por hombro.

Esas piscinas se  diferencian en su límpido aseo de los aljibes y depósitos donde guardamos nuestros muertos. Pongamos por caso: la piscina del señor Rajoy, toda ella llena de cadáveres apretujados y revueltos en un cieno  tan denso que se hace difícil distinguir cuál de ellos es el señor Lapuerta, cuál corresponde al cuerpo incorrupto de Rosendo Naseiro o cuál otro responde al nombre de ese muerto tan vivo que es el señor Bárcenas.

O los cadáveres de doña Esperanza Aguirre, que aun rica por nacimiento y casamiento, no posee piscina suficiente para los cadáveres que acumuló durante su mandato. Y conste que me cae simpática la Doña, pero esa acumulación de cuerpos hacinados en el légamo de su charca hace poco presentable su dedicación a la función pública.

Y qué decir de los cadáveres enfangados en  el lodo de la gran alberca de los ERE. En esta poza, de olímpicas dimensiones,  sus muertos andan todavía zombis y embarrados pero llenos de esa energía y vitalidad característica de los muertos que no saben que lo son. No seré yo quién les despierte de su ensoñación.

¿Y esos otros despojos que no son talmente cadáveres de personas sino la piel sobrante de la que nos deshicimos antes de nuestra última metamorfosis? ¡Ya es inoportunidad que  aparezca ahora  flotando, regurgitada entre el viscoso limo de las redes sociales para recordarnos con odiosa contumacia que sí, que esa piel de la que renegamos, para vestir lustrosos el nuevo uniforme, también somos nosotros!

Todos esos cadáveres son los hijos de las bajas pulsiones del poder, el dinero, el odio ideológico y la miseria humana, por eso no alcanzan la paz y vagan entre nosotros, sin consuelo, imponiendo al personal su viscosa presencia.

Compárese esa repulsiva presencia con el deceso piscinero del joven californiano.

¡Cuanto más bello es ese solo cadáver, joven, reciente como el pan de la mañana, todavía hermoso, sin que le haya dado tiempo a hincharse como un odre; radiante aún como cuando unas horas antes era, así lo suponemos, amado y deseado!  Y con que ligereza  lo imaginamos flotando ingrávido en el azul clorado de esas piscinas que reflejan la estampa  de las palmeras y los arces circundantes.

¡Y qué exquisito destino!, quizás como el protagonista de Sunset Boulevard siempre quiso para sí una piscina y ¡vive Dios que la consiguió!, aunque tal vez  tasó mal el precio. En cualquier caso morir en una de esas piscinas debe ser fantástico: regresar a la nada como se viene de ella, flotando en el  líquido elemento mientras el sol de California nos recuerda la maternal tibieza del útero.

Deseo  a la señorita Moore que por una vez haya sentido el abismo pasional que precipita a la locura, que con un solo acto de eruptiva pasión haya desdicho toda la fútil e insoportable inanidad de su carrera. Y al occiso protagonista de esta historia le deseo que se haya llevado en su retina el voluptuoso gozo de sentirse deseado  hasta el crimen y la locura.

Si al final no se trataba sino de un salteador o un borracho, Demi quedará sin redención posible. Dejadnos imaginar que sucedió de esa otra manera, que en el hogar de las palmeras y los sueños siguen habitando los monstruos y que la lava de las pasiones humanas no se ha extinguido y solidificado en sus soleadas playas.

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