Calle del Desengaño

A veces se hace difícil no creer en presagios y predestinaciones. Con mi mochila racionalista a cuestas me empeño en ver como casuales hechos que, liberados del prejuicio cartesiano, no dudaríamos en atribuir a la mano del destino o al fatum inexorable de los dioses.

¿Puede acaso ser casual, rumiaba, que, como hacía referencia en la anterior entrada de este blog, las rutilantes estrellas del cine mudo construyesen sus mansiones en un bulevar llamado Sunset o del Ocaso, poco antes de la llegada del sonoro que habría de jubilarles?

Parece que muchos de ellos se instalaron ahí cuando se apagaba su estrella. Cruel ironía, que supo aprovechar Billy Wilder para titular lucidamente su híbrido de comedia, cine negro y película de terror.

Algunas de estas enanas blancas tuvieron  la posibilidad con esta película de representar en la pantalla su propia derrota. Fue su último servicio a una industria que les encumbro y luego les apartó. Brillaron por última vez, pero ya no como estrellas, sino con la luz prestada de un nuevo cine que no entendían y del que abominaban.

Con esa lógica onírica que opera en la fábrica de sueños, los Buster Keaton y los H.B. Warner se dieron el susto a sí mismos de verse interpretando un papel mudo en el nuevo cine sonoro que acabó con ellos. Consintieron, tal vez por un puñado de dólares, en levantar acta de su tránsito a la dimensión fantasmal de la existencia a la que habían sido confinados con la llegada del sonoro. ¡Sunset Boulevard!

Será que el hado por esas tierras  gusta de estas bromas, me decía, mientras paseaba por las calles de un Madrid que a las puertas de agosto se torna también algo espectral y quimérico. Andaba abstraído en estos pensamientos cuando al doblar una esquina el rótulo que daba nombre a la calle llamó mi atención: “Calle del Desengaño”

Como quien tuerce un pliegue del espacio-tiempo que te proyecta a una nueva dimensión, súbitamente habían desaparecido de mi vista las boutiques, cafés y teatros que albergan a esas tribus de modernos y hipsters que han colonizado el ahora llamado barrio del Triball y cobraron presencia ante mis ojos los fantasmas que antaño poblaban este triángulo de Madrid.  Como las cerúleas figuras de la fantasía hollywoodiense sus moradores han elegido aquí también con irónico tino el nombre de la vía en la que penan.

¡Desengaño! ¡callejón de los presagios! No hace mucho en su número 22 hubo una tienda de productos químicos llamada Riesgo, que a despecho de su nombre contaba con un buen número de clientes que despreciaban estos agüeros.

Ahora la tienda ya no está y el barrio se ha transfigurado en un nuevo soho ¡otro!, espejo de tendencias y de la modernidad alternativa propuesta por diseñadores, empresarios y profetas urbanos. Estas fuerzas aggiornizantes empujaron a los viejos espectros de la prostitución a habitar ya casi únicamente en esta calleja, que de manera tan poco caritativa presta titulo al devenir de su existencia.

Migradas a las escasas whiskerias que quedan o definitivamente jubiladas las putas baratas de antaño, constituyen los transexuales los últimos habitantes de Desengaño. Ellos  -ellas-, venidas mayoritariamente de las latitudes cálidas que en tan gran número las producen, han atravesado mares para desembocar en este callejón.

Océanos de agua y de hiel se interponían entre su patria de nacimiento y este definitivo cul de sac de las ilusiones donde quedaron recluidas. En su camino atravesaron oscuras clínicas con olor a cloroformo y fueron visitadas por hombres pegajosos con olor a orín y vino rancio que manosearon sus cuerpos y los tornaron dóciles al trato mercenario. Y todo ese trajín…, esa búsqueda de un lugar que fuera habitable bajo el sol, ha desembocado en este sumidero de los anhelos, este epítome fatídico: ¡Calle del Desengaño!

Al torcer la esquina que desemboca en esta calle retornan como un eco los shhh, shhh…, las llamadas de reclamo de las oficiantes con sus siliconadas pechugas enfundadas en bodys inexistentes y se ciernen sobre el transeúnte los marcados pómulos pergeñados por cirujanos-carniceros que venden su feminidad de bisturí , las más de las veces sin muchos escrúpulos ni éticos ni estéticos, a niñas presas en cuerpos de niños.

¡Desengaño! ¿Qué necesidad tuvo el trovador Sabina de imaginar una calle Melancolía existiendo en nuestro adoquinado  este metafórico rincón, esta azacaneada y peripatética travesía?

Por la puerta de la transversal Caballero de Gracia, apuntan los morros de las pulidas berlinas de los directivos de la vecina Telefónica. Mientras un  travesti  de aspecto casi inverosímil observa la salida de la cochera del lujoso blindado del directivo, yo me fijo en él: entrado en años, cojo, vestido como una parodia de la parodia; es talmente un trasunto del Simón Cabido que interpretaba a Doña Croqueta, con su bolso de estampados florales, las medias rotas y el colorete asperjado al azar como un cuadro de Pollock. Observo su cansino deambular y comprendo que hace mucho que el  desengaño habita en él como él en el callejón del Desengaño.

No, él no es Julia Roberts, no será rescatado como sucede en ese famoso cuento de hadas, la única semejanza reseñable con Hollywood es, como en Sunset Boulevard, la crueldad en el nombre de la geografía que habita. Ningún canoso caballero, con su corbata de Hermes anudada con lazo windsor, se apeará para dar un giro a su existencia. Si tiene suerte, esta noche venderá un completo a algún viejo borracho por quince euros…¡ Calle del Desengaño!

Qué tremendo Sunset Boulevard  es este callejón donde ni siquiera se ve la puesta de sol.  La noche cae en él sin el violento dramatismo cromático con el que lo hace en esa ancha avenida que desemboca en el mar. En este hispido pasaje la violencia la ponen sus cuerpos torturados por una cirugía tan poco hipocrática que casi no merece ese nombre y las miradas de desprecio de los que tuvieron mejor suerte en la vida. Las fantasmales mansiones trócanse aquí en  mugrientas pensiones donde saldan su mercancía. Aún así, sueñan que quizás todo pudo ser distinto, que en algún momento pasado, pues futuro ya no queda a quién habita en Desengaño, ellos, como los empadronados en ese otro bulevar, también tuvieron o pudieron haber tenido una vida mejor en algún lugar.

El mundo se transforma a su alrededor y algunos, unos pocos, con sus mismos problemas y disforias, ya estarán naciendo a una existencia diferente, a una vida de más amplios horizontes, más rica de posibilidades, pero ellos – ellas- quedarán confinadas peripatéticamente en este callejón sin salida. No hay proyecto municipal para hacer desembocar esta rúe en ningún barrio de la alegría.

¡Si tan siquiera pudieran vindicar, como Norma Desmond, que ellas fueron grandes, que son las películas o tal vez la vida la que se ha hecho pequeña!

Pero el presagio fue aquí más inmisericorde, no hubo crepúsculo porque tampoco hubo un cenit del que vanagloriarse, sólo desengaño y anhelos truncados. Para ellas todo fue nadir.

P.D. Me confirman que a pesar de la advertencia inscrita en su nombre la tienda de productos químicos Manuel Riesgo sigue en la brecha y con gran éxito y que la calle perpendicular en la que se encuentra el garaje de Telefónica es Valverde y no Caballero de Gracia como escribí por error.

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Un comentario en “Calle del Desengaño

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