“Comentadores y siguientistas”

La pereza veraniega y una cierta existencia trashumante hace que de un tiempo a esta parte tenga casi abandonado este blog de mis entretelas. Durante estas fechas he sido ducho en esquivar bolardos varios, sin embargo, fuera cual fuese la latitud y longitud de la tierra en la que me encontrase no he podido esquivar la ominosa presencia de dos de las tribus más abyectas y ubicuas. Los hijos de ambas tribus, como los de Abraham, se hallan diseminados por todo el orbe. Me refiero a “siguientistas y comentadores”. La tribu de los “siguientistas” es cada día más numerosa. -¿Qué me dice usted, que no los conoce? Sí, hombre… piense un poco, seguro que conoce usted a muchísimos. Son esos individuos que niegan que las cosas sean algo, son siempre “lo siguiente”. Verbigracia:

– No era grande, era lo siguiente.

– ¿Enorme?

– No, lo siguiente.

– ¿Gigante?, ¿descomunal?

– No, lo siguiente.

– ¿Inmenso?

– No, lo siguiente.

Y así.

La expresión, como otras muchas, pudo tener su gracia en algún momento y no estoy seguro de no haberla usado alguna vez pero su pueril y constante repetición resulta ya bastante cargante y es señal segura de meninges reblandecidas. Supongo que, como otras expresiones del tipo “un poquito de por favor“, tuvo su chispa al principio pero terminó convirtiéndose, como aquella, en una horrísona plaga que brota de toda boca y a toda hora. El “siguientismo” también desaparecerá sin dejar rastro, hará mutis por el foro y nos olvidaremos de que un día fue la fórmula más común para indicar que algo o alguien posee alguna cualidad en grado  superlativo.

El “siguientista” quiere reflejar con su sobado modismo que el sujeto de la oración ha rebasado el concepto al que se niega que pertenezca y pertenece a otro ulterior a este y en tan alto grado que no existe superlativo capaz de expresarlo; es un  non plus ultra, un no va más, pero ¿para qué molestarse en buscar fórmulas más imaginativas de expresarlo teniendo a mano “lo siguiente” que vale tanto para un roto como para un descosido?

La pasada semana, sin ir más lejos, cené con una tribu de “siguientistas” para los que nada había cuya magnitud no pudiera ser efectivamente expresada con este latiguillo. Daban ganas de decirles : -¿Qué, un poquito  cortos de recursos verbales, no, amigos? Porque ese es el quid de la cuestión. Triunfa porque vale para todo y nos ahorra el trabajo de buscar el superlativo apropiado o, de no existir, nos libera del engorro de buscar una formula más donosa y específica para expresar el grado sumo en que alguien o algo posee una determinada cualidad.

Es el comodín perfecto para hablantes perezosos, aunque de efectividad nula. Precisamente por gastado no logra representar con acierto la magnitud superior en que la persona o cosa atesora la cualidad que tanto queremos ponderar.

Da miedo pensar lo que hubiera hecho el señor Cyrano de Bergerac con algún petimetre que le hubiera manifestado que su nariz no era grande sino “lo siguiente“. Le hubiera llovido una jupiterina tromba de metáforas e hipérboles a modo de demostración de que existe un universo expresivo más allá del “siguientismo“, hubiese caído sobre el pisaverde todo un chaparrón de recursos verbales y estilísticos capaz de encarecer con  brillantez y eficacia el colosal tamaño de las propias napias. No todos tenemos la capacidad expresiva del héroe de Rostand pero seguro que podemos encontrar alguna formula menos sobada para expresar que un determinado sujeto  posee alguna cualidad en grado excelso, como excelso era en tamaño -para desgracia de Cyrano- del mascarón de proa que adornaba su rostro.

Excelsos y superlativos son ellos también, sin saberlo, “los siguientistas“, en su pereza e indigencia verbal; pobres no, paupérrimos, ni siquiera dueños del idioma en el que pretenden expresarse. El caso es que esa tribu de “siguientistas” con la que tuve el honor de compartir mesa y mantel eran, cómo no, también “comentadores”.

Obedientes a la moda actual, habían desterrado de su vocabulario el verbo decir, tan útil y aséptico, y todo lo “comentaban”.- ¿Te comenté que hemos quedado a las ocho? – Sí, ya me lo dijiste, no veo que la cosa tenga mucho recorrido, pero si te empeñas podemos comentarlo.

Hubo un tiempo en que reservábamos el verbo comentar para asuntos de más enjundia. Nunca hubo una frontera claramente delimitada entre ambos verbos pero el hablante medio los diferenciaba. Usábamos el verbo decir cuando se trataba de exponer llanamente algo y hacíamos uso del verbo comentar cuando íbamos a, con mayor o menor profundidad, meternos en harina. Hasta existía en algunos contextos cierta connotación peyorativa del verbo – Está muy feo comentar -nos decían de pequeños y era, claro, porque cuando comentábamos, expresábamos valoraciones sobre los semejantes y  emitíamos juicios sobre los hechos, no nos limitábamos a exponerlos.

De pequeños también nos enseñaron a diferenciar entre el texto y el comentario de texto. Sabíamos que eran dos cosas diferentes, en el segundo diseccionábamos el primero, que es lo propio del comentario. Ignoro cómo, pero en algún momento se borró esa diferencia, que sí conservan, sin embargo, otros miembros de su familia léxica. Aún seguimos esperando del comentarista político o deportivo un cierto análisis de lo que ocurre o algún juicio sobre el desarrollo de los acontecimientos.

Los que todavía diferenciamos el uso de ambos verbos nos enfrentamos a constantes galimatías, ya que la gente lo comenta todo o amenaza con hacerlo.

– ¿Te comenté que hay que dar dos vueltas a la llave para cerrar?

– Me lo habías dicho, pero no hemos comentado nada.

– Pues eso, que hay que darle dos vueltas.

– ¿Y qué es lo que me querías comentar?, ¿te parece mal, crees que deberían usarse mecanismos más simples?

Entonces el interlocutor que no distingue entre ambos verbos piensa que eres tonto y te deja por imposible. Luego les dirá a sus amigos: -¿Te comenté que vi a Fulano? No sabes la conversación que tuvimos… yo creo que es… tonto no, lo siguiente.

Y entonces sí estará comentando, con toda la maledicencia que le permite su hipotálamo averiado, ayuno de recursos verbales, pero poniendo en el asador toda la carga de subjetividad antaño implícita en el verbo.

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