September morn

Hoy me he levantado temprano. Las mañanas de septiembre preludian con su frescor la pronta llegada del otoño. Es como si hubiésemos sacado a orear a la azotea toda la espesa torridez del verano que se escapa y tienen un no sé qué de nostálgico y lánguido adiós que la canción Neil Diamond acertaba a evocar.

Durante más tiempo del que hubiera querido, ahora me doy cuenta, no viví sino de noche. De la infancia sí recuerdo mañanas luminosas como cármenes, pero casi todos los recuerdos que conservo de mi adolescencia y juventud tienen como telón de fondo el inconsútil manto de ónice que anunciaba el cambio de acto en el que nos adueñábamos del proscenio. No es que lo lamente, sólo hubiera querido que en los cangilones del recuerdo hubiera quedado, también, espacio para mañanas luminosamente eucarísticas como la de hoy.

La noche…eran años en los que como un voraz cuchillo heríamos impacientes su textura de ébano licuado y en los que no reconocíamos un rostro cercano si la luz estroboscópica no bañaba intermitente su semblante. Tan noctívagos, que nuestra piel precisaba de protección las noches de luna llena, cuando aullábamos su aparición, confiados en que amparados en ella atravesaríamos todos los lisérgicos andenes del ocaso con la prontitud y la furia de un convoy de placeres presurosos.

Mientras el ábaco tribal del  bafle desgañitaba  su grávida sinalefa, trabábamos las efímeras y perentorias complicidades que le daban sentido y que pronto sustituiríamos por otras en las sucesivas noches, tan apremiantes y fugaces como las primeras.

La noche…cabalgábamos su horizontal negrura como en una serie de variaciones Goldberg infinita. Invencibles al sueño como el conde Keyserlingk, nunca nos cansábamos de su fundamento armónico y aguzábamos los sentidos para encontrar el vivaz destello que quebrase la monotonía del pentagrama de oscuridad en el que rielaban las corcheas del insomnio.

Como una carta sin remite, llegábamos a la mañana y combatíamos la aversión a la luz con las tinieblas del chocolate con porras, pues ya eran pasados los tiempos en  que los calaveras se acercaban al matadero a por un buche de sangre fresca que repusiese las fuerzas de la noche pasada en vela.

En San Gines o en cualquier bar de obreros y funcionarios libábamos los últimos combinados y comíamos algo, mientras ellos saludaban el nuevo día con el café, el zumo o el sol y sombra; metáfora de nuestra existencia y la suya, y con su presencia nos advertían que estábamos ya fuera de lugar. La mañana con su claridad no era sino un molesto inconveniente que hubiéramos querido postergar o el aviso de que la hora del reposo había llegado.

Mirábamos con un poco de aprensión a esas criaturas diurnas y las compadecíamos, seguramente como ellas a nosotros, porque las imaginábamos esclavas de sus horarios y obligaciones y con un largo día por delante que nosotros pasaríamos blandamente durmiendo. Nunca atendimos a esa luz ingrávida y aérea de la mañana que para nuestras pupilas contraídas no era sino un fastidioso fogonazo que, como una ristra de ajos, nos ponía en fuga. A pesar de que eramos contumaces espectadores del despliegue, un poco efectista, de la aurora, no reparábamos en el cotidiano milagro de su advenimiento. Era, ya digo, un incordio.

Luego de abandonar, no hace tanto, esa buhonera y trashumante pasión nocherniega, he seguido siendo un noctámbulo, el último candil en apagarse en la vecindad. En esa calma nocturna, he leído, he consumado mis desafueros literarios y he consumido programas de televisión imposibles; he devorado también toneladas de helados y fumado incontables cigarrillos, apurándolos como apuraba la noche, hasta la hez, aun sabiendo que me esperaba después un largo día que a duras penas conseguiría sobrellevar.

La mañana seguía siendo un fastidio y no estaba el cuerpo para solazarse con la composición relamida y postal del rosicler del albor o los trinos no aprendidos de las aves canoras.

Sólo últimamente, disfruto de la bendición de mañanas recentales como la de hoy, de su  límpido aire septembrino sin estrenar y de su voluntarioso afán de orear los fantasmas de la noche y descorrer como un visillo el milagro inefable de un nuevo día.

September morn, qué numen para los sentidos estas mañanas de septiembre que anuncian con su soplo la oleaginosa y avellanada sapidez del otoño que se cierne. Todavía conservan, tamizada, la impúdica y desvergonzada luminosidad del verano, pero algo en la pajiza urdimbre del aire presagia en este hiato la pronta epifanía de los ocres y avienta la cegadora obscenidad canicular. Como la bañista del óleo de Chabas, el aire parece también consciente de su desnudez estas mañanas y cubre con un halo vaporoso y evanescente sus vergüenzas.

Quizás sea  septiembre un buen mes si no para cambiar el diapasón insomne de tantos años, sí para asomarse como a un balcón a los días sin estrenar, trémulos de promesa.  No para renegar de la noche y sus conjuros, pero sí para atisbar, café y tableta en mano, el matinal y virginal desvelo con el que el sol, como una blanquísima hostia coronada de rojo, hace su entrada en escena.

El cuadro de Chabas, considerado un escándalo en su día y reputado después como un pastiche kitsch, carne de calendario, posee para mí esa gracia secreta que solo unos pocos pintores como Velazquez supieron transmitir a sus composiciones, la rara habilidad de atrapar el aire en sus lienzos, de fijar el scent y la luz de un instante que al retratarlo ya está en fuga, inasible y etéreo.

Chabas dijo de su cuadro que este expresaba  “Todo lo que sé y jamás sabré sobre pintura”. En mi infancia, septiembre, mas que un mes era una amenaza inscrita en el calendario, luego pasó a ser la última oportunidad de extender un verano que siempre se me antojaba corto y todo lo que hoy sé de este mes está en el cuadro de Chabas y en el indeleble perfume de estas mañanas recobradas.

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