Un día como otro cualquiera

Nada hacía presagiar que sería un día extraordinario, todo discurría conforme a la más absoluta normalidad. El despertador sonó cuatro o cinco veces hasta que atendí a su reclamo. El café se escapó, presuroso como suele, por la boca de la cafetera formando el habitual charco y fui reprendido por utilizar para achicar el pequeño desastre una bayeta de un color diferente a la que está específicamente reservada a este menester, como por otra parte me sucede diariamente sin que hasta la fecha haya sido capaz de memorizar ese extraño código de colores.

Era, de hecho, un día de una normalidad asombrosa, como si la jornada se hubiese propuesto cumplir con todos los parámetros de lo consuetudinario. Rajoy balbuceaba incoherencias en una radio cercana para contribuir al efecto y el silbido de las fricativas presidenciales se confundía con el de la cafetera que avisaba otra vez de la inminencia de un nuevo derrame que no llegó a consumarse. En Grecia se votaba algo como de costumbre y la ducha me despertó del todo revolviéndose ofidiamente  y propinándome el latigazo de agua helada, con el que habitúa a darme los buenos días, sin que por acostumbrado deje de sorprenderme ni haya aprendido a remediarlo. Pronto, como suelo, logré el control de los elementos y el agua tibia resbalo por mi cuerpo como un bálsamo, aunque para no romper el hábito había olvidado que precisaría una toalla al salir. Nada que no pudiera solucionarse mediante la pequeña molestia de atravesar desnudo, mojado y aterido la distancia que va del baño al armario ropero, pero en ese momento sonó el teléfono, que atendí de esa impúdica guisa, y como de costumbre era mi jefe para comunicarme lo mucho que valoraba mis servicios y que de nuevo había decidido subirme el sueldo. Como todos los días, decliné el ofrecimiento.

Regresé a la búsqueda de la toalla pero el teléfono insistía de nuevo. Saludé todavía destoallado al inoportuno: -Querido señor de Jazztel, qué gusto saludarle, sólo faltaba usted en esta mañana tan corriente. No quiero decir que usted lo sea, entiéndame, me refería a la frecuencia con la que sostenemos estas amables pláticas…

Mientras el interlocutor desgranaba la oferta a un abandonado teléfono, alcancé la toalla que para ese momento era ya por completo innecesaria.

– Qué soporífera normalidad -pensaba poco después mientras consultaba distraído esa red social en la que uno tiene a sus amistades y en la que todo sucedía un día más dentro del ámbito de lo previsible, todos eran inmoderadamente felices y así lo manifestaban las fotos en las que aparecían. En ese otro barrio, en Twitter, andaban todos enfadadísimos unos con otros a cuenta del euro, de la independencia del Palatinado o de algunas corruptelas, -buff … -suspiré- calma chicha, nada nuevo. Hasta la Talegón había perpetrado ya la primera metedura de pata de la mañana y los chicos de Change.org solicitaban mi firma para una petición que cambiaría para siempre la faz del mundo. Todo proseguía el devenir corriente de un día cualquiera.

Regrese a mis cuidados personales y recorté mi barba con la precisión que acostumbro y que tantos elogios concita y me vestí esperando que algo nuevo viniese a romper la cruel monotonía, pero nada… de vuelta al escritorio consulté este blog y como de costumbre eran millones los enfervorecidos con el milagro de mi prosa, pedían más y más artículos y aseguraban que no comprendían su existencia sin ellos. Bostecé con desgana, ¿no sucedería hoy nada nuevo?

Los mirlos trazaban su aburrido vuelo cuando atravesé el jardín dispuesto a bregar con mis asuntos de rutina. Me habían sido encomendados algunos mandados en bancos y oficinas públicas. Sólo mi pericia en la doma de bolardos de ventanilla garantizaba el éxito en estas gestiones y como de costumbre lo obtuve y a falta de esclavo que me cantase las verdades del barquero, me susurré a mi mismo: “Recuerda, que a pesar de la gloria de tu triunfo, eres sólo un hombre”.

“Otra victoria más”, pensé aburrido, como Nadal en sus mejores tiempos…si al menos hubiese tropezado con algún bolardo especialmente duro de roer, que hubiese ofrecido más pelea…algún digno contrincante…o uno de esos bancarios que dice tener que consultar con el consejo de administración la retirada de la comisión solicitada… nada, todos se habían revelado como simples sparrings con los que curtir un poco los guantes.

De vuelta a casa, comí frugal pero hidalgamente como suelo y ya me vencía la modorra y me aprestaba a cumplir con esa placentera rutina de la siesta cuando sonó el timbre. Pensé que en un día tan corriente no podía ser sino el timador que pretende cambiarte de compañía eléctrica, a quien siempre atiendo con gran cordialidad…, pero no, no era él. Fue entonces cuando sucedió lo impensable, – Soy el cartero -dijo la voz- y he venido a subirle una carta. – Pero, hombre de Dios -exclamé asombrado y al borde del llanto- ¿Cómo no ha dejado usted sin más en el buzón ese aviso amarillo que indica que me hallo ausente del domicilio? – Señor -me dijo- comprendo su emoción, pero no hago sino cumplir con mi deber.

Gruesos lagrimones surcaban mis mejillas ante el súbito advenimiento del milagro que quebraba y desdecía la pavorosa vulgaridad de un día que no había dado signos hasta ese momento de ser diferente a otro cualquiera. Cuando abrí la puerta ahí estaba él, un señor bajito y entrecano. Nada en su aspecto revelaba su grandeza, pero era él, un cartero entre un millón. Le abracé conmovido, me costaba guardar la compostura ante el protagonista de tamaño gesto.

Cuando se hubo ido no quise ni mirar el remite porque sospeché que, como de costumbre, serían los amigos de la agencia tributaria, tan incondicionales de mi persona como los sufridos seguidores de este blog, y yo después de acontecido el prodigio no podría haber soportado un regreso tan brusco a la cotidianidad epistolar. Ya  se me había hecho el cuerpo a las emociones fuertes.

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