Los estratos

En los últimos meses he visitado fugazmente  Colombia en un par de ocasiones, donde he preferido perderme por sus desbolardizados y selváticos parajes. Siempre he encontrado ridícula la pretensión del turista/sociólogo que tras pasar una semana en tierra extranjera y después de hablar con cuatro camareros y taxistas, te explica en un minuto y de pe-a pa la intricada madeja económica y sociológica del país. Sin embargo, en estas dos breves visitas , una particularidad de Colombia aparecía obstinadamente una y otra vez en las conversaciones de los lugareños, a veces de manera tangencial y otras explícitamente, reclamando mi curiosidad. Una particularidad vigente desde hace más de 30 años y que desconocía por completo.

Pero una vez pone uno pie en tierra colombiana, resulta difícil no interrogarse que será eso del estrato, en todas partes tan mentado y que resulta ya como la  aguapanela, uno de los distintivos nacionales.

Resulta que desde finales de los años 80 existe un sistema que clasifica los inmuebles en 6 estratos diferentes, de manera que los tres primeros corresponderían a los estratos más bajos y recibirían servicios públicos subvencionados, en el que la mayor subvención la recibiría el estrato uno y la menor el tres. El cuarto estrato pagaría el coste de sus servicios y los estratos quinto y sexto, los de más alto nivel, pagarían sus servicios y  ayudarían a pagar  los servicios públicos de los niveles 1,2 y 3.

Nada tiene el sistema de particular. Aquí también pagan más las propiedades con un valor catastral más alto y el sistema, como siempre que el estado ejerce un papel redistributivo, está plagado de ineficiencias, arbitrariedades y trampas.

Lo que hace distintivo el sistema colombiano es la escala identificadora y que el número del estrato en el que moras viene reseñado en tus facturas y constituye un permanente recordatorio de cuál es tu posición jerárquica en esa sociedad. Aunque el sistema sólo califica inmuebles, indefectiblemente ha pasado catalogar a  sus habitantes y segmentar en una escala el lugar que les corresponde en el orbe.

Como en Un mundo Feliz de Aldous Huxley con sus ciudadanos alfas y betas y épsilon, nadie se pregunta el porqué. Funciona a la perfección, con ese éxito que  suelen tener todas las simplificaciones para categorizar individuos. Si se aguza el oído en los barrios altos de las urbes colombianas, y se hace eso de tan mala educación y a lo que soy tan aficionado, que es escuchar las conversaciones ajenas, puede uno oír a las  gomelitas (colombianismo para pijo, que hace referencia a la gomina, atributo transnacional del pijerío) clasificar a los posibles ligues propios y ajenos haciendo uso de la escala oficial pensada para redistribuir el coste de los servicios: ¡ Ay, pero qué horror, el novio de carmencita es muy wannabe, tremendo looser… se cayó del estrato 3 cuando lo nacieron, el pobre! o ” Es superrrr…: estrato infinito, quebró la tabla” en caso elogioso y muestra evidente de la deseabilidad del aludido. ¿Cabe mayor triunfo de la retórica burocrática que haber trascendido al acervo común de la lengua?

En algunas aplicaciones de contactos en Colombia aparece un número entre paréntesis, que como habréis adivinado no es el prefijo ni hace referencia a la medida de algún atributo físico. Frases como: ” Se le notó a usted el estrato” se usan como un reproche para marcar diferencias y recordar al reprendido el lugar que le corresponde en el orbe.

A pesar de que Colombia ha combatido la pobreza con un éxito discreto, pero indudablemente mejor que algunos de sus vecinos; este sistema de castas, estigmatiza y congela un poco la movilidad social. Viven muchos en el cuidado a no despeñarse de estrato y a tampoco mejorarlo mucho, pues podría  suponerles asumir unos costes a los que se tiene santo temor. Existen estudios que muestran la poca inclinación del colombiano a cambiar de estrato aunque la chancera (lotera) les otorgase en suerte el boleto ganador. Antes de cambiar de barrio, el colombiano, vigila que pertenezca a su estrato no vaya a ser que los vecinos comenten: Mira esos, no saben como comportarse, de lejos se nota que vienen de un tres como mucho…

En todas partes la estructura de clases condiciona la forma en que las personas se relacionan y se piensan a si mismas. La desaparición de este sistema no anularía unas desigualdades sociales que en Colombia son “estratosféricas”, pero un sistema menos estigmatizador ayudaría tal vez a que la movilidad entre clases sociales fuese algo más fluida. La omnipresencia del simbólico estrato se hace patente hasta en las ofertas de internet y telefonía, que detallan para que estratos están disponibles o en el nombre de lugares populares de ocio para los “Alfa”, tan ilustrativos como Estrato 18.

Admiro mucho a los que quieren borrar toda diferencia social por su voluntarioso batallar contra algo que está en la naturaleza humana y que o estoy muy equivocado o siempre acompañara la existencia de nuestra sociedades. Yo creo que las diferencias sociales son sanas y estimulantes, cuando las proporciones de riqueza entre ellas no son extremas y existen amplias clases medias. Otra cosa son las bolsas de miseria, los cerritos con sus tombas y chabolas arracimadas, que ahora han dado en llamar infraviviendas. Pero ese papel de estimulo social sólo se cumple en las sociedades porosas, en las que el ascenso es posible, y seguro que en Colombia existe esa posibilidad para algunos, pero este orden social del numerito tatuado a fuego en el imaginario colectivo de todo un país, visto así desde fuera y sin profundizar en demasía, recuerda en exceso a la vieja sociedad estamental que pasó a mejor vida con las revoluciones burguesas de siglos pasados.

Aun manteniendo el papel redistributivo del estado, ¿no seria posible un acercamiento más fino a las necesidades de los colombianos?, ¿no puede Colombia, que se ha enfrentado a cárteles casi del tamaño del estado, a una narcoguerrilla instalada en su seno, a paramilitares y otras fruslerías, deshacerse de esa política social enfermizamente intervencionista, de brochazo grueso, que estigmatiza a barrios enteros y que ha calado la entraña de su ser ?

Ahí lo dejo, un poco abochornado de mi papel de turista/sociólogo. Quizás los colombianos no se den cuenta, como yo mismo no me doy cuenta, con seguridad, de realidades que me circundan y que por haber estado siempre ahí, parece que pertenecieran al orden natural de las cosas,  pero la ubicua contumacia con la que el estrato de marras empapa la visión de su sociedad, llama la atención hasta de un visitante tan fugaz y poco avisado como yo.

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2 comentarios en “Los estratos

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