Misiles por San Valentín

Dos veces ha sufrido Cuba un bloqueo en su historia: el primero el que cercó a la flota del almirante Cervera en el puerto de Santiago, durante esa guerra que los americanos llamaron “a splendid líttle war”, que para España representó el ocaso de sus ínfulas imperiales y para EE.UU su entrada en escena como potencia mundial. La segunda ocasión fue durante la crisis de los misiles, cuando Kennedy bloqueó la entrada de barcos soviéticos, el mundo contuvo el aliento y Kruschev se sacó el zapato.

Después en Cuba han seguido llamándole bloqueo a lo que a todas luces es un embargo comercial pero esa es otra historia.

El embargo siempre tuvo más agujeros que las cuentas de Rumasa y Cuba y Estados Unidos, como dos amantes a los que se les prohíbe tratarse,  casi siempre, a través de terceros países o echando al mar y al viento sus mensajes, unas veces de amor y otras de herido despecho, se las han compuesto para enviarse recíprocamente recados y presentes de lo más variopinto: cartas de amor escritas en un dólar o en remesas de verdes y húmedos billetes; neumáticos de camión con un inquilino a bordo que resultaba ser un cubano más flaco que un Cohiba Lancero; ondas hertzianas que quebraban la monotonía del discurso oficial; agentes de la CIA con guayaberas; espías castristas disfrazados de opositores confundidos entre la carne de presidio lanzada al mar como obsequio cuando el Mariel y hasta  yihadistas del lejano oriente enviados a la Isla a secar como hojas de tabaco. El intercambio de regalos ha sido profuso y generoso durante estos años.

Y qué decir del niño Elián, regalo bumerán, de ida y vuelta, como esos objetos inverosímiles que a veces alguien nos regala y que procuramos conservar esperando la ocasión de endilgárselo a otro en cuanto se presente la oportunidad. ¡Elián, el niño balsero! Que inoportuno regalo pero también una historia asombrosa que  cumple con todas las cláusulas  propuestas por Otto Rank en sus estudios sobre la génesis de los mitos incluido el relato de las familias enfrentadas, la rebelión contra su destino y su rescate de entre las aguas como un Moisés o un Rómulo abandonado en el Tíber.

Hasta ahora este era el más extraño presente y el de mayor retorcido simbolismo que ambos países se habían hecho: un inocente, al que dos mundos opuestos reclamaban como suyo, un regalo envenenado, de míticas connotaciones, que al  final fue devuelto con un cortés: “Muy honrados pero es demasiado, no podemos aceptarlo.”

A pesar de todo este trasiego, este ir y venir, la cosa no avanzaba y como Fidel profetizó, hace veinte años, el romance de amor y odio no llegaría a buen término hasta que  un papa de origen hispano se sentase en la silla de Pedro y un inquilino color canela ocupase  la Casa Blanca.

Con estos supuestos cumplidos, regalos más corteses y menos envenenados comenzaron a deslizarse entre ambos durante las conversaciones en los salones vaticanos . Y así pudimos ver  la reapertura de las embajadas y la relajación de la normativa del embargo, que ya permite o pronto permitirá que sudorosos turistas en bermudas procedentes de Fort Lauderdale y otro puertos lleguen a la Isla a intercambiar papelitos de “in God we trust” por un poco de brisa del malecón y unas gotas de encanto, gracejo y sensualidad caribeña.

El romance va ahora a todo trapo y desde la orilla de Florida se le ha dicho a la Isla, con acento un poco guiri, pero con inconfundible y seductora voz de son cubano:

– Mira los melindres que contigo gasto, mi negra, yo que tanto a ti te mimo, me pregunto qué tú me vas a regalar a mí ahora por San Valentín

– ¡Ay muchacho! ¿Qué tú quieres que te regale? No seas insaciable…, todito yo te daba, miamol, pero soy pobre.

– Pues regálame un misil, mi negra.

-¡ Ay tonto! ¿A esas volvemos, a los misiles como en los sesenta? Yo no tengo misiles, ni soviéticos ni chinos.

– Ay, mi negra, qué boba… ,si es un misil que se me extravío, como esas cartas de amor que te envié tantos años y que nunca llegaban. Pues igual pasó ahorita, se me perdió el misil pero ya me dijo un pajarito que ahora lo tienes tú, hechicera.

Toda esta historia viene a cuento de que al parecer al Tío Sam se le perdió un misil en Rota, que en lugar de caer en una playa de Almería, terminó, no se sabe o no se quiere saber cómo, en la bodega de un avión de Air France que lo descargó en La Habana.

El retoño traído por la cigüeña francesa llegaba descargado e inerme como un recién nacido. Los agentes de aduanas cubanos debieron concluir que por su  hechura podía tratarse de una papaya descomunal, como las que antes del quilombo del 59 exportaba la United Fruit Company, pero o bien estaba muy madura o debía de tratarse de otra cosa. Cuando la inteligencia cubana fue puesta sobre aviso de la particular carga de aquel avión comercial, debió acordarse de aquel paisano que aseguraba no tener miedo a las balas sino a la velocidad que traen, ya que  visto así, empacado, ojival y exánime, el terrible misil del tito Sam no causaba pavor sino  sorpresa y regocijo por el inesperado  presente.

Pero pronto, el porfiado pretendiente, que había finalmente averiguado el paradero de su misil, hubo de recordarle a La Habana, entre suspiros y requiebros, que podía quedarse con todo, hasta con el rosario de su madre, pero que el Departamento de Estado, tan pesado él, insistía en que el retoño debía hacer como Elián, pero a la inversa, el camino de vuelta.( Literalmente el secretario de Estado había dicho: I want that baby back)

Pelillos a la mar… se dijo La Habana, tasando la gracia y donosura de su pretendiente y lo poco que le pedía, se miró inquieta las incipientes arrugas en su piel de ébano y  recordó que no le sobraban ya las buenas oportunidades de desposarse con bien desde que aquel galante ruso que pagaba las facturas la abandonara y posteriormente  descubriese la insolvencia de  aquel pretendiente de Caracas, que tan rumboso parecía.

Así que le dijo a su incestuoso tito: ¿Te acuerdas de aquel juego infantil que repetía como una letanía: “De la Habana viene un barco cargado de…”, pues complétalo tú como quieras, con guayabas o con misiles, incluso en prenda de mi amor te lo puedo enviar como aquel cargamento que envié al chinito de Corea, envuelto en caña de azúcar para que te sepa más dulce.

Y dicho y hecho, por San Valentín las ojivales lanzas de acero tornáronse cañas de untosa melaza.

Minucioso como un copista medieval y sutil como un sumiller de Taillevent, el funcionario encargado de inspeccionar la entrega del torpedo escribió en su informe al Departamento de Estado: “Misil Hellfire recibido integro, cabeza sensora y sistema de guiado en buen estado, cuerpo sin daños aparentes. Se percibe en él  un aroma a la caña de azúcar en la que llegó envuelto, a hierbabuena; a ron, a ají y a canela; en nariz suaves notas de coco rallado de resonancias lezamescas. Le acompaña una nota perfumada en la que está inscrita entre exclamaciones la palabra: AZÚCAR.”

Y salió del hangar bailando una rumba.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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