Indisposiciones

Como cansado de la avalancha de estímulos, después de unos días intensos, al regresar de un vuelo me he sentido malo. El último día de mí estancia fuera de casa notaba  ya ese cansancio que insinúa la presencia insidiosa de algún virus trabajando con ahínco para derrumbar los parapetos que le opone el organismo.

Es cierto que estas indisposiciones pasajeras son una lata, pero también hay un secreto placer en sentirse malo; si uno sabe extraer lo bueno de cada situación puede ser la  excusa perfecta para abandonarse a una indolencia, valga la expresión, que no siempre se nos consiente.  Sentirse malo  -hay que decirlo en voz queda-  constituye una suerte de extraña voluptuosidad para el que sabe apreciarla. En el supuesto, claro, de que la indisposición no interfiera gravemente en nuestros planes  y pueda uno permitirse el lujo de interrumpir su actividad, lo cual no siempre es posible.

Hay un recóndito deleite en sentir  la calentura y el escalofrió y buscar el abrigo de la manta mientras sobreviene esa modorra tan típica del estado febril. Suavemente mecidos en ese  duermevela podemos oír a nuestro sistema inmune que nos susurra: reserva esfuerzos y déjame trabajar a mí. Es fantástico que todo un ejército libre por ti la batalla mientras tú te arrebujas, indolente y confiado en la victoria final, en la molicie del sofá.

En realidad, todos los niños lo saben, estar malo es lo mejor del mundo. Un periodo mágico de interrupción de las obligaciones y servidumbres con las que nos cargan desde que principiamos a echar los dientes.

Ya de adultos, hay mucha gente que no se puede permitir enfermar, ni tan siquiera un par de días al año, pero estar malo una semana o cuatro días  al año debería ser obligatorio.   Tampoco quiero enmendar la plana al señor Lafargue escribiendo aquí un nuevo elogio de la pereza, me basta con esta pequeña loa  a la placentera haraganería  del convaleciente.

Desde luego ponerse malo en invierno es mucho mejor que ponerse malo en verano. Ponerse malo en verano es un incordio horroroso y no digamos si estamos de vacaciones. El mejor momento para abandonarse a esa laxitud de la indisposición pasajera son los lluviosos días de invierno. Son días que en realidad no sirven para gran cosa y que con atenta  previsión  uno debería tener señalados en la agenda como jornadas de puertas abiertas para virus no demasiado funestos.

Esta anticipación nos permitiría hacer  acopio de esas lecturas a las que queremos hincar el diente pero que hemos ido postergando por mor de lo urgente y tenerlas ya dispuestas sobre nuestra mesilla cuando sobreviene la afección.

Tampoco constituye un  placer menor en esos días   ver desde nuestra ventana  a las afanosas hormiguitas, pertrechadas de bufandas y paraguas, enfrentar las inclemencias del tiempo mientras dudamos si continuar un  poco más la lectura o atender la suplica de nuestros parpados que insisten en cerrarse.

Y no son los únicos placeres que la enfermedad procura,  hay una serie de cosas que se nos consienten cuando estamos malos que ni se plantearían en caso de estar en plena forma y en ocasiones hasta puede uno reclamar ad libitum el, en otro caso impensable, servicio de comidas y bebidas en la cama.

Luego están esos nimios placeres del convaleciente; cuando uno está malo surgen por doquier un coro de voces que invitan a toda una panoplia de remedios caseros: que si una tacita de caldo que resucita a un muerto, que si un tazón de leche caliente con miel y coñac y yo, que no creo mucho en la efectividad de ninguno de esos remedios, no dejo nunca de acudir a todos ellos, porque, descreído como soy, encuentro sin embargo un intimo deleite en cumplir con toda la liturgia del resfriado. Ese caldo casero o el  humeante tazón de leche, si no curan, sí entonan el cuerpo para seguir disfrutando de la desidia y como una magdalena de Proust convocan  al recuerdo de ese mundo de Guermantes que es la infancia de cada uno, donde nada había tan perentorio que no pudiese esperar a que nos repusiésemos.

En realidad podría escribir muchas más cosas sobre esa gozosa indolencia que procura el estar malo y  sus furtivas voluptuosidades,  pero ustedes sabrán disculpar mi pereza, la molicie me invade, la luz espectral de la pantalla comienza a ser molesta y obediente me apresto a cumplir con aquel mandato que nos legó Ephraim Lessing: Seamos perezosos para todo excepto para beber, amar  y ser perezosos. Yo, que precisamente por pereza hacia ese estado exaltado del espíritu que produce la bebida,  incumplo la primera excepción y callo pudorosamente sobre la segunda, en nada me cuesta cumplir con la tercera excepción de la regla y con este punto final a ella me abandono. Sigan con salud, ¿o…debería desearles lo contrario?

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2 comentarios en “Indisposiciones

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