Las pesadillas

¿Quién no se ha despertado sobresaltado por una atroz pesadilla y luego le ha costado de nuevo conciliar el sueño? ¿ De donde extrae el cerebro la materia para imaginar tal cúmulo de insensateces como se producen en los sueños?

Si elucidar cuál es el origen de los sueños es una de las más antiguas inquietudes del hombre, nuestro asombro es aún mayor en el caso de las pesadillas. Es claro, que en la pesadilla como en otros sueños, sólo yo soy el autor del libreto. Sí así es, ¿cómo consigo una y otra vez sorprenderme y matarme del susto a mi mismo ?

Hay estupendas películas de terror, pero señores guionistas de Hollywood, les diré una cosa: se les ve a ustedes venir. Lo que rara vez ustedes consiguen, aun auxiliados por la cadencia tenebrosa de las bandas sonoras y apoyados en sus equipos de efectos especiales, lo consigo yo muchas noches con la sola ayuda de mi subconsciente. Yo, que para más inri, soy el creador de la farsa, consigo sin grandes dificultades sorprenderme a mi mismo hasta que, yo también, decido que se acabo el juego y me despierto sudoroso y aterrado por los fantasmas y aberraciones creados por mi factoría, ¿cabe mayor éxito de mi subconsciente y mayor incompetencia por su parte?

¿De dónde proviene la carrera alocada de esa yegua nocturna que nos lleva al galope hasta el vértice del precipicio, en el que sólo el súbito despertar, nos libra de caer despeñados? Decía Borges que el termino castellano con el que nos referimos a estos sueños terroríficos es cuando menos poco venturoso en comparación  con el poético termino ingles nightmare, cuya resonancia evoca una carrera insensata y alucinada, un bruto que cabalga en medio de las sombras arrastrándonos con él, más por fuerza que por grado. Y así ocurre en las pesadillas, se trata de una carrera insensata donde se desbocan las continuidades que consideramos lógicas durante la vigilia, pero ¿qué  parte oscura e insondable dentro de mí cabalga y lleva la rienda?

¿Qué pretendo llevándome hasta ese extremo donde ya no cabe solución, ni siquiera una de esas cabriolas que en las películas alteran el desenlace lógico de los hechos, y en el que ya  solo queda despertar para poner fin a tanto horror?

Porque establezcamos que existe una característica común en las pesadillas: llegados a un punto de no retorno, cuando el único desenlace posible es la propia muerte, no puedo ya soñarla. Yo, que en mi desdoblamiento soy a la vez el  guionista y el espectador-protagonista, no puedo traspasar esa frontera y contemplarme muerto. En ese momento despertamos. La mente no acepta esa postrer bilocación, quizás por falta de herramientas para su tratamiento dramático. Es arquetípica la pesadilla de hallarse ante la propia tumba, pero los que la sueñan, coinciden en que al leer el nombre inscrito en la piedra despiertan, como si el cerebro, en el reino de las lógicas distorsionadas, tuviese a bien atender un requerimiento lógico  inapelable:¿ si estoy muerto quién está leyendo esto?

Tal vez lo que nos despierta no siempre es el horror  —Dios sabe cuanto somos capaces de aceptar y no es descartable que las pesadillas sean un ensayo para ponerlo a prueba— sino la incapacidad del fabulista para encontrar una fórmula narrativa que salve lo paradójico de poder continuar con el relato una vez muerto.

Y hablo de relato porque no hay duda que lo es. Podríamos creer, debido a su falta de conexión con la lógica que opera durante  la vigilia, que los sueños  son sólo  una serie de imágenes y situaciones inconexas, sabemos que en ellos se operan con facilidad metempsicosis y así a veces soñamos a que alguien en nuestro sueño es una determinada persona, y sabemos que es ella a ciencia cierta, aunque posea la imagen corporal de otra. Todos estos absurdos podrían llevarnos a pensar que no hay una armazón narrativa, pero algunos sueños nos indican que no es cierto.

Sabemos que los sueños, como las series, reservan lo mejor para el final. Recuerdo una pesadilla en la que yo buscaba con desesperación mis piernas y era incapaz de verlas, andaba con ellas, pero no las veía. Finalmente busqué un espejo para poder verlas -quien al principio me privaba de verlas  sabía que lo haría- sólo entonces pude contemplarlas gangrenadas y comidas por los gusanos. Yo no lo supe hasta que las vi en el espejo pero el muy cabrón de guionista, que no soy otro que yo mismo, me reservaba  esa sorpresa desde el principio.

¡Qué descanso entonces despertar!, salir de ese ambiento claustrofóbico y denso y encontrar que la escapatoria ha sido fácil y que ya estoy de vuelta de ese viaje alucinado,intacto y resguardado en mis confortables seguridades, aunque los sueños nos dejan siempre ese último rescoldo de  incertidumbre, ¿si cuando soñaba no sabía que soñaba cómo sé qué ahora no sueño?

En realidad, la clara separación de sueño y vigilia nos vienen a decir algunos antropólogos no es sino una conquista de la civilización, como la individualidad, y está vedada a las sociedades primitivas y a los niños, que tardan en discernir que se trata de dos realidades aparte. Los padres saben cuanto trabajo cuesta explicar a los niños que lo que ha ocurrido en el sueño sólo pertenece a ese reino y mi contacto cercano con las demencias seniles me deja la impresión de que lo que va ocurriendo es una paulatina desaparición de nuevo de esas fronteras. Al contrario que el psicótico, que es un soñador despierto, cuyo brote lo domina todo, el demente senil no insiste demasiado cuando le remarcas que lo que cree realidad es sueño, pero muy pronto esa frontera se vuelve a difuminar para  él.

Después de haber leído mucho de lo que sobre los sueños se ha escrito por sabios, psiquiatras, psicólogos, antropólogos e incluso poetas, la verdad es que todas mis dudas sobre lo que ocurre siguen intactas. Sólo sé que no se puede detener su carrera y que esta noche soñaré, y que tal vez sí o tal vez no, consiga mantener embridada a esa yegua, nocturna y cimarrona, con los ollares dilatados y los belfos jadeantes, que pretende arrastrarme en su lisérgico galope a donde ni puedo ni quiero acompañarla.

 

 

 

 

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