Los insomnes

Son las tres y media pasadas de la madrugada de una tórrida noche de verano y mis ojos se niegan a cerrarse. He gastado ya todos los remedios naturales, incluida la lectura de la obra filosófica de Mircea Eliade y de una antología de artículos de Javier Pradera y aun así no hay manera.

Este articulo en realidad no ha empezado a escribirse ahora mientras mis dedos recorren el teclado de luz espectral. Pugnaba por cobrar vida desde hace al menos una hora y se iba escribiendo en mi cabeza que luchaba al tiempo por aparcarlo y perseverar en su propósito de conciliar un sueño, que sabía improbable, pero necesario y reparador

Al final ganó la partida ese íncubo infame que me susurraba: ¨Pierdes el tiempo intentando dormir; no lo vas a conseguir, levántate y escribe ese artículo; de no hacerlo ahora, mañana habrás olvidado lo que pretendías decir¨.

Todos los desvelados conocen esa bronca que se dirime en su cacumen entre prestar batalla al insomnio y desistir de intentarlo, dedicando el tiempo invertido a algo más provechoso. Cuando, harto de ese combate, el insomne inicia una actividad, como escribir un artículo, repasar un balance o redactar un correo, sabe ya que esa noche ha perdido una vez mas la batalla.

Antes de esa rendición definitiva ha ido al baño en un par de ocasiones, sin siquiera tener ganas, ha tanteado también la posibilidad de liberar tensiones con la inestimable colaboración de quien duerme a su lado, obteniendo un gruñido por respuesta; ha probado innumerables posturas corporales que facilitasen la consecución de su objetivo, desde el ovillo fetal a todos los decúbito existentes: pronos, supinos y laterales; se ha deshecho de la almohada y ha vuelto a retomarla, ha abierto y cerrado la persiana, buscando un equilibrio térmico y acústico que permitiese de una santa vez el advenimiento de ese sopor que precede al letargo; tal vez ha hecho ya un par de furtivas excursiones a la nevera, donde indefectiblemente se ha decantado por esos alimentos, que evita durante el día, y que contienen la proporción áurea de grasa y azucares que le resulta irresistible a esa hora. Lleva una vida secreta, que resulta desconocida para el resto de los seres que habitan la casa, pero él sí conoce la respiración exacta de cada uno de ellos, el ritmo de las espiraciones e inspiraciones que acompañan sus sueños.

El insomne conoce muchas cosas que permanecen ocultas para los durmientes. La noche no es sólo silencio, está poblada de sonidos propios que le son familiares. Con la experiencia de muchas noches en vela calcula la distancia precisa de los pasos que se oyen lejanos en la calle o de los frenos que rechinan en la distancia, distingue la tos seca del vecino del cuarto, la agonía de la gata en celo maullando su desesperación en el tejado; reconoce el llanto pertinaz del bebe del tercero o el lastimero crujir de las maderas y la desolación de los grifos y las cañerías, que exhalan un quejido tan lúgubre y tan hondo que mueven el alma a piedad.

El insomne está familiarizado con las migraciones de los insectos que conviven con la familia y a los que nadie ve, sino él; conoce sus rutas y senderos y al encender la luz los sorprende con sus antenas filiformes brillando asustadas en la quietud de la noche.

Mientras daba vueltas en la cama, ha distinguido ya la torpeza en atinar con la cerradura de ese vecino que siempre llega borracho y los tacones martilleando la acera de esa vecina que suele volver tan tarde. Conoce el ritmo asmático con el que el termostato apaga y enciende el compresor de la nevera y, si tiene dispensador de hielos, puede predecir la glaciar cadencia con la que se producirá la caída de los cubos al deposito.

Muchas de estas cosas suceden también durante el día, pero sólo en el silencio, cubierto de sombras de la noche, adquieren un protagonismo que tiene al recalcitrante espabilado por única audiencia.
A veces el insomne se asoma a la ventana y enciende un cigarro; es entonces cuando distingue a los otros insomnes, locos desvelados que se arrastrarán como sombras durante el día y que son siempre los mismos; reconoce entonces la luz catódica que brilla en el salón de ese vecino de enfrente, que debe conocer de memoria los anuncios de la teletienda, incluido el del increíble set de cuchillo Ginsu. El insomne duda que tal artefacto preste compañía alguna merecedora de tal nombre pero cada cual se las apaña con sus desvelos como puede.

Distingue a otros insomnes que fuman en las ventanas o en los balcones; entonces se siente miembro de una comunidad, tal vez de una orden; forma parte de una secreta cofradía cuyos miembros desconocen el nombre de los otros, pero, cuando los cigarros brillan aquí y allá en la oscuridad, presiente que con ese extraño morse de nicotina, el resto de vigías le transmiten una señal que vienen a significar: ¨por aquí todo en orden¨

Entonces se siente un guardián, un centinela en su almena que vela el sueño de los que plácidamente duermen. Apoya su hipótesis en el hecho, cierto e incontrovertible, de que la providencia, laborando con calculadora previsión, rara vez dispone que duerman en el mismo lecho dos insomnes, sino que siempre procura emparejar al insomne con un lirón redomado. El desvelado asiste cada noche a ese momento litúrgico en el que el lirón o lirona apoya la cabeza en la almohada y acto seguido su respiración revela que, aunque el cuerpo sigue a nuestro lado, su mente ya ha escapado de la prisión del desvelo y su alma transita por otros parajes. Es un milagro consuetudinario al que el insomne asiste perplejo, la narcótica facilidad de ese transporte le asombra y, por qué no decirlo, le produce una envidia enteramente insana, de la que sólo puede curarle la conciencia de su misión.

Tal vez en el pasado, en un momento anterior a la domesticación del fuego, en las cuevas en las que se refugiaban nuestros antepasados, acechadas por fieras de costumbres nocturnas, era de utilidad, que en las parejas, mientras uno dormía, el otro miembro de la pareja velase; y como una reminiscencia de ese pasado sumergido de la especie, haya permanecido en el individuo de sueño fácil la soterrada habilidad de descubrir y elegir, sin que medie consciencia de ello, a su centinela.

Apoyo esta creencia en el hecho, también probado, de que el insomne sólo lo es en esas horas en las que el resto de la tribu descansa, conservando la facultad de descabezar un sueño plenamente intacta durante las horas diurnas, aunque esa noche se hubiera producido el milagro del sueño reparador. Sestea con facilidad en la oficina, en el transporte publico y en actos sociales y yo, personalmente, encuentro frecuentemente irresistible la butaca del cine, en particular si se trata de la encumbrada obra cinematográfica de Terrence Malick o Manuel de Oliveira, no digamos si la proyección es de una película de Jean Luc Godard, cuyas propiedades narcóticas han sido ampliamente avaladas por la ciencia moderna.
Ha pasado una hora larga desde que comencé a fatigar el teclado. En esta primera noche de julio hasta las chicharras han sido ya vencidas por el sopor y ha cesado la vibración de su canto. Muy pronto las temperaturas harán aun mas difícil conciliar el sueño y los pájaros saludaran la aurora con sus molestos trinos. Morfeo me sigue negando su caridad y encuentro improbable que a esta hora, cercana a despuntar el albor, se produzca ya la parusía o segunda venida de Cristo; espectáculo, al que, como compensación a nuestros sufrimientos, sólo a los insomnes y los noctámbulos nos será dado contemplarlo, ya que a mediodía y a plena luz del sol quedaría enormemente deslucida la aparición de la cabalgata celestial con los arcángeles rompiendo la bóveda celeste con sus espadas flamígeras y la irrupción del carro de fuego.

En lugar de un carro de fuego una urraca madrugadora se he posado en el alféizar de mi ventana y expía su fealdad graznando a la mañana. Es hora de recogerse.

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